Acción Comunal toma la presidencia y pierde el poder


En la madrugada del 2 de enero de 1931, el Gobierno panameño sufría el primer golpe de Estado de su historia republicana. Desde las 4:00 de la mañana, el palacio presidencial, en el Casco Viejo de la ciudad capital, era objeto del asedio de un grupo de rebeldes que, en forma coordinada, lanzaban ráfagas de ametralladoras y disparos de pistola y rifle sobre todos los rincones del edificio. Pese a la enorme presión, los atacantes, un grupo de profesionales afiliados al movimiento Acción Comunal (ver entrega anterior), no lograban tomarse el edificio. La resistencia que ejercía la guardia presidencial, se mantenía firme, alentada por el jefe de gobierno, Florencio Harmodio Arosemena, cuya esposa Hersilia y sus hijas Selma y Walli se encontraban en el tercer piso, aferradas a las estampitas y medallas religiosas.

Amanece en la ciudad

A las 7:00 de la mañana, los disparos de afuera cesaron. Los guardias creyeron que los golpistas habían desistido, sin embargo, el peligro solo empezaba. A esa hora, uno de los principales dirigentes de la insurrección, el doctor Arnulfo Arias, saltaba silenciosamente por los balcones de calle sexta, hasta lograr entrar por una de las ventanas del primer alto de la Presidencia, para desde allí, abrir paso a sus compañeros. Pronto, los rebeldes se aglomeraban en el interior del edificio y vencían en la última batalla a la guardia presidencial. —En nombre de Acción Comunal, exijo su renuncia—, le gritó el abogado Nen Quirós al presidente de la República, pistola en mano. —Prefiero morir antes que renunciar—, contestaría el presidente Arosemena, tajantemente. A las 8:00 de la mañana, cuando el pueblo panameño despertaba, se enfrentaba a una nueva realidad. Las calles eran patrulladas por los rebeldes. El gobernador de la provincia, Archibaldo Boyd, y el jefe de la Policía, Ricardo Arango, estaban presos en el Cuartel Central de la Policía. En la Presidencia, el jefe de gobierno permanecía aislado, mientras los ‘hermanos’ de Acción Comunal circulaban por el palacio, izaban banderas, se asomaban a los balcones y dormitaban en los sofás, a la espera de su renuncia. En medio de la incertidumbre del momento, las tiendas permanecieron cerradas y se suspendió el servicio de bus en la ciudad.

Entran y salen

Todo permanecía aparentemente tranquilo, a excepción de las puertas de hierro de la Presidencia en calle sexta, fuertemente custodiada, por donde entraban y salían algunos de los hombres más poderosos del país: el ministro de Estados Unidos (embajador), Roy Davis; los magistrados de la Corte Suprema de Justicia; políticos y funcionarios como Domingo Díaz, Harmodio Arias, Pancho Arias, Jeptha Duncan, JJ Vallarino, Julio Fábrega. Todos tenían algo que decir, mientras los jóvenes miembros de Acción Comunal, que habían tomado el palacio y lo mantenían con la fuerza de las armas, se daban cuenta de que, minuto a minuto, iban perdiendo control, frente a hombres más maduros y poderosos, que tomaban decisiones sobre las acciones a seguir.

Negociación

El ministro de Estados Unidos, Tasco Davis, exigía una solución negociada antes de las 5:00 de la tarde. Si esta no se daba, llamaría a las fuerzas militares de la Zona del Canal a poner orden. El magistrado de la Corte, Héctor Valdés, exigía que la situación se resolviera de acuerdo a la Constitución. Pancho Arias y Harmodio Arias, defensores de los golpistas, negociaban.

El problema era quién tomaría el lugar de Arosemena. Se decidió prescindir de los primeros designados (vicepresidentes) Tomás Duque y Carlos López. De acuerdo con el artículo 67 de la Constitución de 1903, vigente, correspondía entonces el sillón presidencial al primer designado del gobierno anterior, el embajador de Panamá en Estados Unidos, Ricardo J. Alfaro, una figura apreciada, y de prestigio indiscutible.

Ahora había que encontrar a un presidente interino, que asumiera el control mientras Alfaro viajaba al país desde su misión en Washington.

Se propuso a Harmodio Arias, respetado doctor en leyes y diputado, quien no era miembro de Acción Comunal ni había participado de los planes del golpe, aunque sí estaba al tanto del mismo.

A las 3:00 de la tarde, el plan estaba acordado, pero había un problema, el presidente Arosemena se negaba una y otra vez a renunciar a su cargo. Solo cambió de opinión cuando el magistrado Héctor Valdés le insinuó que su vida y la de su familia podían estar en peligro, en momentos en que reinaba una gran excitación nerviosa.

Finalmente, el presidente Arosemena aceptó nombrar a Harmodio Arias como ministro de Gobierno, en reemplazo de Daniel Ballén. El consejo de Gabinete lo aceptó. Arosemena renunció y el Gabinete eligió como jefe provisional del gobierno a Harmodio Arias.

Salida

Así, a las 4:30 de la tarde, dejando atrás 11 muertos y 5 heridos, los hermanos de Acción Comunal hacían guardia de honor en la entrada de la Presidencia, mientras que, con la cabeza baja, el presidente salía del Palacio de las Garzas con su esposa y sus hijas Selma y Walli. Una de las niñas llevaba un cofrecito en la mano. Les seguían sus amigos fieles Domingo Díaz y Enrique Linares.

En el auto los esperaba Tomás Jácome, gerente de la United Fruit y cónsul de Costa Rica, para trasladar a la familia al hotel Tívoli, en la Zona del Canal.

“Reina la tranquilidad en la capital”, anunciaba el titular de portada de La Estrella de Panamá al día siguiente, mientras que el editorial proclamaba que “ha surgido dentro de nuestro derecho público un nuevo gobierno, cuyo espíritu es el más puro amor a la patria”. Ni ese día, ni los días siguientes, nadie salió en defensa del presidente constitucional de la República. Durante los años subsiguientes, de acuerdo con los historiadores Celestino Araúz y Patricia Pizzurno, la idea de que la administración de Arosemena había sido ‘nefasta’ fue repitiéndose de generación en generación.

Solamente sus descendientes lo defendieron: ‘Fueron muy crueles con él’, alegaron.

Como consta en diferentes testimonios publicados en periódicos a lo largo de los años, sus descendientes insistieron en que Florencio Harmodio había sido un hombre honrado, que dio lo mejor de sí para encontrar una salida a los problemas que enfrentaba el país, en uno de los momentos más difíciles de su historia.

Sus hijas, nietos y bisnietos lo recordaron como una persona jovial, un brillante políglota, un padre de familia amoroso y exigente, amante de las buenas maneras y de la música clásica. Como profesional, Arosemena es considerado tal vez el más destacado ingeniero de la historia de la República. Graduado de ingeniería civil en la Escuela Politécnica Real de Munich, Alemania, en 1895, se especializó, posteriormente, en ingeniería ferroviaria en el Politécnico de Zurich, en aulas frecuentadas por alumnos de la talla de Alberto Einstein.

En Panamá, durante los primeros años de la República, ganó gran reputación como ingeniero a cargo de los edificios más emblemáticos de la época, el Teatro Nacional, el Palacio Nacional, el Instituto Nacional, los Archivos Nacionales y los planes para el barrio de La Exposición.

Aciertos de Arosemena

Sin considerarse político, llegó a la Presidencia por un llamado de su amigo personal, el presidente Rodolfo Chiari (1924-1928), quien lo convenció de que representara a su partido (Liberal) en las elecciones de 1928, al no contar con ninguna figura de prestigio .Su gobierno tuvo varios aciertos, tal vez el mayor de ellos la creación de la Contraloría General de la República.

Según el historiador Ernesto J. Castillero, Florencio Harmodio fue una víctima de los errores cometidos por las administraciones que lo precedieron.

En realidad, según todos los recuentos, la sombra más tenebrosa que se irguió sobre el gobierno de Arosemena, y el verdadero poder durante su gestión, fue el expresidente Rodolfo Chiari, a quien llamaban ‘El otro’ o ‘El patrón político’ y ‘dictador’.

Chiari “gobernaba desde las sombras de su misterioso antro de la calle 10”, (ha comentado el politólogo e historiador Isidro Beluche) a través de la maquinaria política y gubernamental que había montado durante su presidencia. Para mantener su posición, el partido descontaba el 5% de su salario de los funcionarios, lo que le proporcionaba a Chiari entre $25 mil y $50 al mil al mes, que usaba para preparar su retorno a la Presidencia en 1932 (Benjamín Muse).

Al parecer, el mismo Arosemena reconocía sus límites ante los poderes ocultos y la presión política que se ejercía sobre él.

“Este país está enfermo, muy enfermo y yo no puedo hacer nada al respecto… Sé que hay malos elementos en mi gobierno que están haciendo mucho daño, pero le aseguro que es imposible para mí frenar esto en virtud de la ley. Si Panamá quiere curar su enfermedad, necesita una dictadura absoluta”, le comentó en una ocasión al encargado de negocios de Estados Unidos en Panamá, Benjamín Muse, quien, a su vez, lo reportó al Departamento de Estado.

El movimiento de Acción Comunal se gestó en momentos, en que, según Muse, “mucha gente en Panamá desea ardientemente que el presidente tenga el coraje y el poder para desechar el control que ejerce Chiari”.

A lo largo de las décadas siguientes, los ‘muchachos de Acción Comunal’ serían ensalzados y criticados por las sucesivas generaciones de panameños, llamados ya golpistas, ya patriotas.

Lo que no cabe duda es que pese a la ruptura del orden constitucional, el derrocamiento del presidente Arosemena pondría fin a la crisis moral y la desconfianza imperantes, y dotaría al país de dos de sus presidentes más brillantes y honorables, los doctores Ricardo J. Alfaro y Harmodio Arias, quienes durante casi una década renovarían la fe de los panameños en su gobierno.



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