Adoradores del mal | La Prensa Panamá


Toca movilizar el amor, única fuerza para enfrentar y afrontar la muerte. Debemos crear esas condiciones de paz ante tanto malandraje, suelto y con padrinos y madrinas. Gente de la ese acostada liderando lista mundial. Afrontemos la impunidad y en ese clima, nada fácil, que sea objetivo supremo un nuevo contrato social. Luchemos por endurecer castigos, y propiciar libertad e independencia. O desaparecer como Gomorra.

El enemigo común de los compatriotas es la adoración del poder (político, sobre todo) sin ningún control. Y la coima está servida. Hay excepciones, claro. El retorno al poder absoluto y el vacío de reverencia al bien. Se empaqueta el mal como bien, y no se blinda todo, o se intenta, pero el bien queda en la intemperie.

Se aplaude el mal, en forma voluntaria o involuntaria; consciente o inconsciente, y se juega con la duda de su naturaleza. Nadie se indignará ante el mal ni se avergonzará ante la presencia de un maleante. Zeus entrará en ira y relampagueará. Así lo manifiesta el mito griego sobre la Edad de Hierro.

No se oculta la adoración de quien hace daño a los demás. Se le celebra. ¡Horror! Quienes creen en el demonio elaboran un discurso particular. Hay quienes la veneran la corrupción. La propia y la de los otros. Entran en caridad cristiana y conmiseración cuando atisban el rostro de los denunciados. Por morbo, miran sus rostros, pero también es para expresar compasión.

Pobrecillos. ¿Por qué no le miran la cara a la corrupción?

Impunidad crea ese estado de ánimo. Me niego a verle el rostro, mascullado o no, aunque se desternille de risa, de distintos modos, para que después sea materia del genial Vic.

Es el humano quien pelea contra su propia especie. Es una especie destructora. Predadora. No se adapta a su propia sociedad. Psicópata, sociópata. Quiere destruirla. No sé por qué. Alguien le aflojó un tornillo.

Cada uno necesita que su vida tenga sentido: y lo expresa con maldad o bondad. Los buenos somos más. Mucho santo andante. Para Al Capone, su rictus criminal era el sentido de su vida, igual para que sus captores era el capturarlo a él. Al Capone es un bebé para la cantidad de gente que se roba el dinero público, en Panamá, España y más allá. En la era del progreso genético, del desciframiento del genoma y también el humano y de la clonación es como si lo hubiesen multiplicado, pero empeorado o mejorado, según se vea.

La destructibilidad y la crueldad son, en el peor de los casos, la solución al problema de la existencia humana. El hombre más sádico y destructor es humano, como es tan humana la figura de monseñor Romero. Me encomiendo ante este Arnulfo, mártir, luchador, honesto y antibelicista.

El destructor —sicario o asaltante del erario— es un enfermo que no ha encontrado mejor solución al problema de haber nacido humano, es un malnacido, que el camino errado en busca de su salvación.

Este humano predador destruye la vida, el amor, el espíritu, el cuerpo. Destruye no solo la víctima, sino al propio destructor. Y tiene la capacidad de no ser percibido. Expresa la vida volviéndose contra ella misma. Entenderla no significa condonarlo. Entenderlo para combatirlo por malsano.

Conservan la estabilidad social la venganza de sangre —destructibilidad sangrienta— y la crueldad.

Un exministro alemán que disfrutó de las mieles del poder y la adulación las convirtió en odio y amargura absolutos. Preso, detestaba que el director lo tratará con interés humano, odiaba a todos y se molestaba cuando el árbol del patio de la prisión empezaba a florear, relata Erich Fromm.

El autor es periodista, filólogo y docente.



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