Columpios, magia, trans- y oposición


Como el péndulo, nos recordaba el pensador polaco Zigmunt Bauman, cuya oscilación depende de un proceso auto perpetuo de fuerzas contrarias, una que se agota en una dirección, para dar paso a otra que produce movimiento en la dirección contraria, hasta que también se agota y se sigue repitiendo la mecánica, “dos anhelos y deseos humanos igualmente poderosos y abarcadores” se confrontan en la vida de las sociedades: el deseo de pertenecer o el sentido de pertenencia y el anhelo de independencia o autodeterminación, el sentido de individualidad. Bauman, docente, lo explica graciosamente con un ejemplo políticamente correcto: “tal como ocurre con [¿la mayoría de?] los matrimonios, la seguridad y la libertad no pueden existir una sin la otra, pero su coexistencia no es fácil”.

Cuando siento que me agoto frente a la discusión de temas como las adicciones, la marihuana en los adolescentes, los derechos humanos, la desigualdad y la discriminación en nuestras sociedades, la libertad y la corrupción, la política tóxica y la ética sobre el aborto extraordinario u el ordinario, la diversidad y orientación sexuales frente al moralismo sin ética, la muerte feliz y la muerte sin concluir la vida, la dignidad como herencia o como derecho, el sufrimiento como instrumento y la esperanza como manipulación de los mercaderes de la duda, saco nuevamente energías de donde parecen agotadas, para mover el péndulo.

Yo entiendo muy poco de magia. Ni siquiera me doy cuenta, pero sé que no hay otra manera que no sea con la rapidez del movimiento de manos que ocultan la sorpresa o cambios de escenario que esconden a los cuerpos, de que cuando un mago desaparece un as de corazones, no es como cuando una Asamblea desaparece presupuestos para la ciencia; el as de corazones regresa, el presupuesto se fumiga. Y que cuando vuela una paloma de un bastón o de un sombrero, hay alguien soltando una saloma -sin oído y sin voz- para adormecer las serpientes. Por eso prefiero educarme en racionalidad y me regresa, no sin alguna inquietud y provocación, lo que dijera Thomas Szasz -psiquiatra crítico de la psiquiatría- y leyera en el libro de Paul A. Offit: “cuando la religión era fuerte y la ciencia débil, los hombres tomamos la magia por medicina. Ahora, cuando la ciencia es fuerte y la religión se debilita, los hombres tomamos la medicina como magia”.

Hoy la racionalidad, al igual que la esfera pública que apuntala Steven Pinker, “está infestada de fake news o noticias falsas, remedios de charlatanes, teorías de conspiración y retórica de la posverdad”. Y, así como se castiga al portador y no a la noticia, así también se le premia. Una frase ingeniosa, por imprecisa que sea, se aplaude y más si la emite un famoso. Hoy me llegaba un meme, creo que así se le dice, donde al reconocido comediante americano y comentador político Bill Maher se le atribuye esto: “No hay niños trans-, lo que hay son padres trastornados”, y, al lado de su foto, dice: “si los niños supieran lo que quieren ser a los 8 años de edad, el mundo estaría lleno de vaqueros y princesas. Yo quería ser un pirata. Gracias a Dios, nadie me tomó en serio y programó una operación para sacarme un ojo y cortarme una pierna”.

Los niños no nacen conociendo qué significa ser niño o niña; lo aprenden muy temprano cuando nacen, “¡es un niño, es una niña!”, y se alecciona por repetición, así como una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Y resulta que ese “niño” o “niña” gritado en la sala de partos tiene una connotación genital. Pero el género no es solo genital, es un espectro (espectro, así como existe un espectro autista) que no puede ignorarse o negarse porque sí, y, mucho menos, maltratarse con gestos, palabrotas y leyes. La identidad de género, un sentimiento profundo de quién eres, y su expresión, pertenecen al individuo, no a la sociedad, y exigen respeto. Emerge bastante temprano pero no se consolida hasta más tarde y es crucial en la adolescencia. Para no pocos jóvenes transgéneros, por ejemplo, la forma como la familia y la sociedad los consideran es un asunto de vida o muerte. En las escuelas de medicina y los programas de pediatría se enseñan sus columnas científicas, sociológicas y humanistas. Recurra a sus textos para instruirse y no a la maledicencia del desconocimiento, la vergüenza o la crianza machista.

Mientras la encuesta Gallup muestra que, en el 2022, 7.1% de los americanos adultos se identifica en los grupos LGBTQ y calcula que en unos 10 años, podría ser de 10%, el Instituto Williams, que se dedica a la investigación de políticas públicas en la UCLA (Universidad de California en Los Ángeles) ha estimado que 1.6 millones de americanos de 13 años y más de edad o un 0.6%, se identifican como transgéneros. Ambas encuestas revelan que entre los adolescentes y jóvenes adultos la relación e identificación con los grupos LGBTQ es más fácil que entre adultos mayores. Estos grupos de jóvenes adultos se hacen visibles ahora, cuando tienen una mayor aceptación, precisamente entre los jóvenes, que además les protege contra la discriminación.

La visión de un futuro feliz en Estados Unidos, viviendo en el lugar donde vive hoy un adolescente de los grupos LGBTQ, solo la goza menos de la mitad de ellos, cuando el 86% de las personas en los grupos de heterosexuales lo visualizan como tal, lo que desnuda las serias y desafortunadas disparidades sociales y políticas que se originan en la homofobia y la transfobia sistémicas de nuestras sociedades. Es falso decir, por un lado, que se respeta la dignidad de la persona y por el otro lado se hace burla o chiste de mal gusto de los grupos LGBTQ.

Volviendo a la magia, “¿cómo es eso que ahora nadie votó por Nito y es el presidente”? me decía una persona muy preocupada por los asuntos nacionales. Le comentaba que efectivamente “nadie votó por Nito”, Nito ganó contra el 66.7% de los votos, al obtener solo un 33.3% de apoyo a su candidatura, pero mayoría entre 7 candidatos. Hoy, con candidatos pseudo-independientes cuyos colores partidistas los únicos que no los vieron fueron los oscuros magistrados del Tribunal Electoral, el próximo presidente de este país mareado se haría con el 28% de los votos o menos. ¿Estamos listos para ser otra vez “oposición”?

El autor es médico pediatra y neonatólogo



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