El árbol, el libro, el hijo


“[…] no es tomarse lo del árbol, el libro y el hijo literalmente, es pensar, sentir, actuar desde dónde podemos aportar algo que sin nosotros quizás no hubiese ocupado un espacio material, espiritual, intelectual e incluso metafórico”

Siempre había escuchado la frase “sembrar un árbol, escribir un libro y tener un hijo” como algo que todos debían hacer antes de morir. Muletilla usual en homenajes, discursos emotivos o charlas motivacionales. Nunca me puse a pensar de dónde provenía. Pero hace unos días leí un pasaje en el libro Farenheit 451, del escritor de ciencia ficción estadounidense Ray Bradbury, que me recordó la harto usada frase.

“Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un árbol, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí”.

Leí Farenheit 451 con la rapidez con la que el fuego consume las cosas, tan rápido que parece que fue en un parpadeo. La buena prosa se devora, se bebe ávida, duele apartarse de su lectura. Luego de leer ese párrafo me acordé de la frase del árbol, el libro y el hijo y encontré varias respuestas a su posible origen: José Martí, el Talmud y nadie en particular. No tengo medios para comprobar la certeza de ninguna de las respuestas. De lo que sí estoy segura es de que en algún punto de nuestras vidas reflexionaremos sobre nuestro legado, sobre qué idea, objeto, método o estética de la existencia dejamos en este plano material que no existiría si no hubiésemos estado. Hay seres humanos que dejan mucho: dejan inventos que le solucionan a muchas generaciones, jardines, obras de arte, canciones, conocimientos sin los cuales otros conocimientos no hubiesen sido posibles, dejan seres humanos capaces de amar y ayudar a otros a amar de forma sana… al final no es tomarse lo del árbol, el libro y el hijo literalmente, es pensar, sentir, actuar desde dónde podemos aportar algo que sin nosotros quizás no hubiese ocupado un espacio material, espiritual, intelectual e incluso metafórico.

Y como todo tiene su reverso, su otro lado, también: desde nuestra sombra, preguntar si estamos contribuyendo a dejar algo que ya no le toca estar, cuyo tiempo pasó, algo que hace más daño que bien. Pensándolo bien, todo legado requiere cuidado, no es solo plantar el árbol, sino regarlo y podarlo, enseñarles a otros cómo se cuida, escribir nuestra experiencia para que otros sepan cómo lo sembramos y lo cuidamos, para que otros se inspiren y siembren a su vez sus árboles. Sin el poder de la palabra escrita, nada de eso es posible. Supongo que nada es tan extraordinario como el legado que a su vez es semilla para contribuciones que alivian, sanan, reverdecen, embellecen y mejoran la vida de seres a quienes jamás conoceremos.

Psicóloga



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