“El problema no es la diferencia de la víctima sino la intolerancia de los demás”


Las cifras oficiales son demoledoras: cerca del 80% de las personas con discapacidad aseguran haber sufrido ‘bullying’ en la etapa escolar y, no solo eso, seis de cada diez confiesan, además, que han sido víctimas de esa violencia escolar durante años, convirtiéndose esta situación en un problema que no solo se cronifica en el tiempo sino, lo más grave, que acaba normalizándose.

Son datos que se han puesto en sobre la mesa en la jornada Discapacidad y bullying en la escuela: cómo detectarlo y gestionarlo, organizada por el Consejo Español para la Defensa de la Discapacidad y la Dependencia (CEDDD) junto con la Federación de Enseñanza (FEUSO) y que contó con las intervenciones de la formadora en prevención del acoso escolar Inma Badía, Secretaria de Acción y Salud Laboral de FEUSO; y el psicólogo Luis Ángel Romero, experto en acoso escolar y presidente por Soria del Colegio Oficial de Psicología de Castila y León (COPCYL).

Sobre estos datos específicos relacionados con los alumnos con discapacidad, Inma Badía ha confesado que “los números son importantes y dan algo de miedo”, añadiendo que el acoso es el principal factor de soledad en los menores con discapacidad, ya que el 32,7% se siente aislado, rechazado o excluido por el resto de sus compañeros.

La experta ha añadido que donde más bullying se produce es en la escuela ordinaria con un 92,9% frente al 2,6% de los centros de educación especial. Las comunidades más afectadas “ya sea porque se denuncia más o porque realmente existe este bullying en mayor grado” serían: Andalucía con un 21,2%, Madrid con un 17,8%, Cataluña con un 8,3%, y Castilla La Mancha y Valencia con un 7,7% y un 7,5%, respectivamente.

En cuanto al tipo de discapacidad que sufren los alumnos acosados, las estadísticas recogen que en un 26,9% de los casos es física, el 26,1% intelectual o de desarrollo, el 17,5 visual, el 15,4% una enfermedad mental seguida del 14,7% con una discapacidad auditiva.

Para Badía es importante hacer incidencia en que lo que sucede en los centros educativos no es ni más ni menos que un reflejo de lo que ocurre en el resto de la sociedad: “Se viven casos de violencia en distintas vertientes y con distintos grados. Aprender a afrontarlos y resolverlos exige de todos los implicados en las tareas educativas una integración de la cultura del encuentro, la acogida, el diálogo, la convivencia y la paz en el aula. Y para ello es importante contar no solo con un proyecto de educación en valores, sino también con planes efectivos de prevención, detección e intervención ante fenómenos como el acoso escolar”.

El acoso escolar no puede considerarse un hecho aislado e independiente del entorno y los estímulos sociales

Insiste, además, en que las consecuencias del acoso escolar sobre el alumnado con discapacidad son muy negativas desde el punto de vista emocional, social y académico. Destacando, entre ellas, el miedo, el descenso del rendimiento, el bloqueo emocional, la “erosión” de la personalidad, la cronificación del estrés postraumático, la fobia social, los problemas en el sueño y la alimentación, la dificultad para establecer amistades, la baja autoestima o el aumento del sentimiento de inferioridad.

“Lo que hay que tener en cuenta es que el acoso escolar no puede considerarse un hecho aislado e independiente del entorno y los estímulos sociales. Muchas veces se trata de manifestaciones en el aula de conductas aprendidas directamente de los comportamientos sociales o percibidas a través de los medios de comunicación”, afirma.

La formadora en prevención del acoso escolar señala que aunque las personas acosadas no presentan un perfil único sí pueden reunir con frecuencia algunas o varias de estas características: son menores con dificultades para defender sus propios derechos, tienen escasa red social y pocos amigos, dificultades de interacción social, bajo rendimiento escolar y suelen ser también personas tímidas, con dificultades para entablar relaciones con sus semejantes, lo que las hace fácilmente manejables.

“Entre los factores personales, el alumnado que es percibido como diferente por sus compañeros tiene más probabilidades de sufrir acoso. Por lo tanto, una persona con discapacidad es fácil que lo sufra y lo hemos dicho: el 80% lo padece. Por lo tanto, es un tema a tener en cuenta”.

Por otro lado, según la experta, muchas veces “los acosadores imitan comportamientos y pautas aprendidos de sus padres o de sus entornos, por lo que los entornos familiares desestructurados o con antecedentes de violencia doméstica favorecen la aparición de la figura del agresor escolar o la refuerzan”.


¿Cómo diagnosticar y actuar ante un caso de acoso escolar? Badía recomienda a los docentes estar atentos para detectar de manera discreta los casos de acoso o discriminación: si un niño cambia su actitud, su forma de estar en el aula, su relación con los demás… “Si hay un indicio o aviso desde el aula tenemos que tener una actitud acogedora y una intervención rápida. Analizar el caso por los medios ordinarios (observación de las personas afectadas, diario de clase, diálogo con alumnos…), valorar la consistencia de la comunicación y denuncia y contextualizarla, registrarlo en nuestro diario de convivencia, saber qué hechos concretos o síntomas se consideran contrarios a las normas de convivencia, quienes los han realizado, quienes son testigos, dónde y cuándo han ocurrido, existencia de algún motivo o explicación…”, enumera.

La familia del acosador no suele reconocer que tiene un agresor en casa por lo que éste necesita acompañamiento especializado para encontrar sentido a su comportamiento

“Una vez hecho esto hay que determinar si se trata de una falta disciplinaria o de acoso escolar, y actuar de forma rápida siguiendo las pautas previstas en el protocolo de actuación ante conflictos de convivencia que decide el centro”. La especialista recomienda contar con un protocolo de actuación en el centro.

Badía insiste también en la importancia de acompañar tanto a la víctima como al menor que acosa: “Muchas veces nos encontramos con que la familia del acosador no suele reconocer que tiene un agresor en casa. Hay una resistencia y sufrimiento a aceptar que su hijo es un acosador por lo que necesita compañía para encontrar sentido a su comportamiento. Que alguien le acompañe a hacerse preguntas como ‘¿Por qué estoy haciendo esto?’ que le van a permitir modificar su comportamiento. A veces solo quieren conseguir ser aceptados por el grupo y no saben que esa no es la manera adecuada o no son conscientes del daño que hacen a otros”.

A pesar de la crudeza de las estadísticas, la experta atisba un rayo de esperanza con la creación de la figura del coordinador de bienestar y protección, una persona de referencia en los centros educativos a la que el alumnado puede acudir en caso de que sean víctimas de violencia o testigos de un caso de acoso. Esta figura será obligatoria en todos los centros educativos desde el 1 de septiembre de 2022.

Para trabajar contra el acoso es necesario construir una sociedad en la que no se fomente el individualismo sino otros valores: empatía, respeto, tolerancia…

“Para trabajar contra el acoso escolar es necesario construir entre todos una sociedad en la que no se fomente el individualismo sino otros valores: honestidad, empatía, respeto, tolerancia, lealtad, dignidad… Y no solo en el centro sino en la sociedad en general”, concluye.

Por su parte, el psicólogo Luis Ángel Romero invita a reflexionar sobre la situación del acoso: “Su invisibilidad es uno de sus grandes problemas y encima cuando por los protocolos intentamos visibilizarlo quizás no sea de la mejor manera”. Y subraya que al ser un conjunto de conductas aprendidas se pueden desaprender o más bien reaprender. “¿Qué es complicado y complejo? Bastante, porque al hablar de un problema que afecta a toda la sociedad se convierte en un problema mucho más complicado”.

El experto insiste en que hay que cambiar el foco en los casos de acoso escolar y dejar de ver el problema en la diferencia para poner el foco en la intolerancia de los agresores: “Constantemente cuando hablamos de acoso y más si lo asociamos al concepto de discapacidad, buscamos los perfiles de la víctima y da la sensación en muchas ocasiones que son los ratitos, los diferentes, lo cual nos puede llevar a pensar que el problema es la diferencia cuando realmente es la consecuencia. Donde realmente está el problema es en la intolerancia de los demás, de este grupo de agresores, que efectivamente tienen sus factores sociales, familiares, personales, muchos han sido incluso víctimas de forma previa… A la hora de transmitirlo hay que hacer mucha incidencia: la causa es la conducta de los agresores. La consecuencia es el acoso y la consecuencia de las consecuencias es cómo le afecta a cada una de las personas esta victimización”.

El acoso escolar es violencia normalizada y era corregirlo es necesario entender que no es normal ni la violencia física, ni la verbal, ni el aislamiento

Y también recuerda que el acoso es violencia “normalizada”. “Lo que más se repite es no pasa nada, es una broma… estamos normalizando y trivializando todo, pero también hay persistencia, hay intencionalidad… Esta es otra de las claves para corregir el acoso escolar: no es normal la violencia física, ni verbal, ni el aislamiento ni el conjunto de conductas que se producen en una situación de acoso”.

Para Romero uno de los temas más preocupantes es la persistencia de estas conductas de acoso en el tiempo: “Porque el tiempo te termina por desgarrar, acaba con todas las resistencias humanas… Cuanto más tiempo, cuánto más intensos o menos recursos personales tenga la persona, mayores serán las consecuencias psicológicas que van a sufrir las víctimas. Ni qué decir tengo que si los recursos personales son menores debido a factores personales de discapacidad mayor es el sufrimiento”.

Utilizando como ejemplo el proyecto Todos dejamos huella. ¿Qué huella dejas tú?, desarrollado por el Colegio de Psicología de Castilla León, el experto afirma que la única forma de reconducir el acoso es con la intervención de toda la comunidad educativa. “La figura del profesor sin la cual es imposible, la institución, la sociedad, el alumnado y algo que generalmente se nos olvida que son los expertos en conducta. Qué bien nos haría unos psicólogos educativos en todos los centros escolares para reducir y aconsejar pero parece que hay otras prioridades… Luego nos llevamos las manos a la cabeza cuando aparecen ideaciones suicidas, autolesiones…”.

Qué bien nos haría unos psicólogos educativos en todos los centros escolares para reducir y aconsejar

Al igual que Badía, el psicólogo confirma que es necesario trabajar con la víctima todas esas experiencias negativas pero también con los agresores “porque la frustración, la intolerancia y la rabia que llevan dentro viene de algún sitio. Y habrá que ayudarles a expresar, a soltar y a que tomen conciencia de lo que están haciendo. A ser empáticos, a arrepentirse e incluso a tener prácticas restaurativas con la víctima cuando esté preparada”.

Como fundamental es también el papel de los observadores. “El acoso es un fenómeno oculto por lo que si no los movilizamos no hacemos nada ya que por mucho que queramos mirar vamos a ver solo una parte pequeña. Las víctimas están muy asustadas y tardan un año y medio de media en decírselo a las familias y profesores”.

El experto aboga por no quedarse únicamente con ayudar a víctima y agresor sino trabajar con toda la clase a partir de talleres vivenciales y emocionales, gestionados por personal externo especializado que movilice las capacidades empáticas del grupo a partir de juegos simbólicos.

Romero recomienda al profesorado ver y observar las diferencias: “Es un trabajo complicado pero si se entrena se puede hacer. Eso sí, hay que formarle para detectar ese fenómeno tan invisible”. Habría que empezar por observar las pautas comunicativas: qué dice o no dice el alumno, la conducta no verbal (cuerpo escondido, si mira hacia abajo…) y la comunicación paraverbal (tono bajito que va descendiendo, como si nadie quisiera que le escuchasen…). 

Todas las emociones cuando son cambiantes e intensas son indicadores de que está pasando algo dentro, especialmente si antes el menor no era así

Observar las emociones: ansiedad, tristeza, irritabilidad, embotamiento, ambivalente… “Todas las emociones cuando son cambiantes e intensas son indicadores de que está pasando algo dentro, especialmente si antes no era así”. Y también los cambios de conducta: lavabo, temas de absentismo, incluso las conductas de proximidad (que se pega a un grupo que no es el suyo porque no tiene ninguno, al profesor…) deben dar que pensar al tutor. “Si somos capaces de observar todo esto con los cambios de notas, relaciones, físicos, costumbres… Todos son factores que me dicen que algo importante está pasando. Puede que no sea acoso, pero me tiene que dar para pensar que debo cogerle de la mano y decirle ‘ven aquí que quiero hablar contigo’. Es la única forma de sacar a la superficie este fenómeno oculto”.



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