El vacunicidio: un delito de lesa patria


A pocas horas de iniciada la invasión de 1989, me tocó ver como mis vecinos y conocidos se convirtieron en ladrones. Se fueron a saquear a la Vía España, la Vía Brasil y cuanta calle, vereda o camino se encontraran. Recuerdo a una vecina que cargaba cajas de zapatos italianos y gritaba a toda voz que la joyería “tal” estaba abierta. Otros respondían que había más mercancía en almacenes con nombre y señas. Así empezábamos los panameños, la era democrática.

El tema de las vacunas, contra la Covid 19, es un ejercicio mundial de economía, ética y geopolítica. Una parte de la economía tiene que ver con la asignación de recursos escasos para cubrir necesidades infinitas. Dependiendo de la escuela en la que se estudió o la ideología que se viste, así será el criterio de distribución.

Otra cosa es la ética, en la Kantiana, la distribución de vacunas se haría para atender a las personas más necesarias para alcanzar los mayores beneficios para la sociedad. Al final, el ejercicio se vuelve un galimatías utilitario, cuando hay que decidir entre un bombero y una enfermera, entre el neumólogo y la intensivista o, entre el jefe o el compadre.

Los panameños somos los lobos de los panameños. Teníamos todo para haber manejado la pandemia como los uruguayos o los neozelandeses. Teníamos los recursos y la capacidad para vencer a la pandemia, y nos salimos con el juega vivo del Hospital Modular, las mascarillas, los ventiladores, y las reuniones extracurriculares. Se derrumbó la confianza ciudadana y quedamos en manos del “sálvese quien pueda”.

Los orates y tontos de capirote que se colaron en la lista de priorizados para la vacuna, cometieron un delito de peculado y de alta traición a la patria. Por su maldito juega vivo, se les tendrá que volver a vacunar, con la segunda dosis en cuatro semanas. Se volvieron asesinos en serie de quienes necesitábamos que se vacunaran. Quizás el mejor castigo sea poner a esta gente a atender de verdad a los casos de coronavirus, aunque sea sentados en un taburete, en una sala de cuidados intensivos.

El repugnante ejercicio del juega vivo burocrático, es apenas la cereza del pastel del vacunicidio. Los países desarrollados, monopolizaron los pedidos de vacuna de las principales casas farmacéuticas, y a pesar de esto le salió el tiro por la culata. Por razones técnicas, que esconden motivaciones geopolíticas, no vamos a importar las vacunas de Rusia, China o India. esperaremos sentaditos a que en febrero nos cumplan con un contrato que nadie conoce, y que por lo visto ya fue incumplido.

Entre todo, la única buena noticia, como las vacunas, viene de afuera. El recién estrenado presidente de Estados Unidos Joe Biden ya firmó el decreto que retorna a su país a la Organización Mundial de la Salud. De paso, Estados Unidos adquiere la obligación de compartir las vacunas con el resto del mundo. El plan de Biden es que sus farmaceúticas trabajen bajo la regulación de producción de defensa, lo que las obligaría a producir mucho más, y de ser necesario a compartir su propiedad intelectual con otras empresas para alcanzar la meta. Ojalá también inventan la vacuna contra el egoísmo y la responsabilidad, ya que nosotros necesitamos una sobre dosis de ese medicamento.



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