Encrucijada


Ernesto A. Holder

“[…] la encrucijada que definirá si en la próxima sobrevivimos o desaparecemos, a diferencia de otras sociedades más visionarias y menos superfluas […]”

Se han presentado otros momentos en el tiempo de la humanidad más peligrosos y decisivos del que vivimos hoy. Se han hecho comparaciones en términos de pérdida de vida con otros eventos en la historia de la humanidad, la pandemia de 1918 es la que más ha servido de ejemplo. Durante esa amenaza, se estima que murieron “por lo menos, de 50 millones de personas”. Las estadísticas de la COVID-19, hasta el viernes pasado, marcaban alrededor de 2.36 millones de habitantes a nivel mundial. Para fines de año es probable que el virus esté “controlado”, por lo que supongo que las cifras de fallecidos no se acercarán a lo que se vivió hace cien años.

El deseo primario del común de los panameños es que todo sea como antes: ir al restaurante, visitar a familiares y amigos, viajar, pasear por el interior, las playas, los ríos, el campo, etc. La temporada de béisbol, los carnavales, los reinados, calle arriba y calle abajo, etc. Tener trabajo para costear todas esas cosas, además de los pequeños lujos y la posibilidad de hacer una vida “normal”, aunque ese “normal” tenga otros retos que forman parte aún de la vivencia cotidiana, verbigracia: un país en donde el sistema educativo deja mucho que desear, el sistema de atención a la salud, la justicia, la politiquería y la corrupción en todas sus formas.

Ha aumentado mi respeto por los que han enfrentado la crisis con responsabilidad desde el punto de vista estrictamente científico. La administración de lo necesario para aplacar los otros retos que ha producido la pandemia es otro asunto.

Los científicos se han equivocado, han revisado sus propuestas, han recalculado, discrepado con sus colegas, pero al final creo que lo han hecho con el afán de servir y proteger la vida de los que ocupamos este pequeño espacio en el conjunto del escenario mundial.

Aquí nos querían meter la idea de que casi, casi, “somos un país del primer mundo”, pero la respuesta a la pandemia ha desnudado esa mentira. Al cierre del jueves pasado, familias panameñas lloraban la muerte de 5550 nacionales en lo que va de la crisis sanitaria. Mientras tanto, se ha aplaudido a los que mejor labor han realizado, a países como: Taiwán, 9 fallecidos; Nueva Zelandia, 25; Islandia, 29; Singapur, 29; y, Vietnam, 35, (Nueva Zelandia con una población muy cercana a la panameña de 4.9 habitante). Un larguísimo número de países que, algunos pensarían menos desarrollados que nosotros, han mantenido un bajo número de defunciones y controlado mejor los efectos de la pandemia. Todo esto deja en evidencia que se podía, así de sencillo, se podía manejar mejor, por lo menos, desde el punto de vista de la salud pública, si nuestras prioridades como nación fueran otras en los últimos 25 años.

Por alguna razón, creo que a largo plazo no sobreviviremos una verdadera catástrofe, esta sociedad desaparecerá cuando más seria y puntualmente estará llamada a asumir la responsabilidad de salvarse de una amenaza mucho más agresiva y letal que la del coronavirus. En vez de cerrar filas y ocuparnos de lo necesario para protegernos, desde el primer día, la crítica y la quejadera desde afuera del círculo de decisión ha hecho de la labor una odisea. Y desde adentro, en el seno de esas mismas esferas, han tenido que ir tomando decisiones bajo sospechas de corrupción. Ninguna de las dos posiciones ha ayudado y al final, han causado la muerte de muchos nacionales.

Esta generación, la que yo llamaría la “generación digital” y algunos relegados de generaciones anteriores, se han concentrado en emigrar al mundo cibernético, desarrollar muchos aspectos de su vida en las redes sociales. Solo basta ver la cantidad de personas alrededor del mundo exhibiéndose, por ejemplo, en TikTok. Aquí en Panamá, la necesidad de imitar esas conductas es irracional. Es un universo paralelo de llamados “influencers” y aspirantes a tal, que buscan reconocimiento por diversas razones: acrobacias insensatas, chistes y gracias, poses sugestivas, etc. Ninguno por un despliegue positivo y avanzado del intelecto. Ninguno, con una visión a futuro comprometidos a trabajar por el bien común. Ninguno por sobreponerse al ridículo y la ignorancia. Es allí en donde estamos, la encrucijada que definirá si en la próxima sobrevivimos o desaparecemos, a diferencia de otras sociedades más visionarias y menos superfluas, más comprometidas con la supervivencia.

Comunicador



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