entre ciencia y música hay menos distancia de la que parece


¿De qué hablar, en frío, con un reputado neurocientífico? De música, claro está. De que tiene un aspecto recursivo, como el lenguaje y las matemáticas; de que, en realidad, se trata de un “oficio de la niñez” que no deberíamos desterrar de adultos; de que tiene una conexión privilegiada “con las fibras viscerales”, más que otras disciplinas. Son las reflexiones de Mariano Sigman (Buenos Aires, 1972), autor del superventas La vida secreta de la mente, conferenciante, divulgador y ahora autor de Experimento (Limbo Music), un disco que pretende ofrecer “cariño”, abrazar, acompañar.

Es su primera incursión en esto y le ha costado unos dos años. “Tiene algo de reto y algo también de muy placentero”, apunta. Le han salido once temas, que ha compuesto y canta, con referencias al miedo, al deseo de ser, al juego de la vida o, incluso, ojo, a la Teoría de Galois. Cantarle a sus hijos fue el punto de partida, después llegó el trabajo duro: pulir la voz, aprender a juntar notas, etc. El título, dice, es lo de menos, “el objetivo era puramente musical y si no, no tenía sentido”. Y acercarse a la gente que quiere. No en vano, su familia al completo tiene presencia en el álbum, aunque “en partecitas”.

Lo acompañan también músicos como Jorge Drexler, Alexis Diaz Pimienta, Didi Gutman y Fer Isella. Con ellos ha hecho una incursión inesperada –aunque algo de artista tiene, véase Morfologías de la mirada, obra que creó junto a Mariano Sardón y que ganó un premio en ARCO– en un “territorio de exploración” que, a su vez, lo vincula con la ciencia que practica. El círculo se cierra.

Durante su larga carrera, fundó el Laboratorio Neurociencia Integrativa de la Universidad de Buenos Aires, ha sido uno de los directores del proyecto europeo Human Brain Project y ha recibido numerosos premios.

Dedicarse al estudio del cerebro es, describe, trabajar sobre una «espiral infinita» en la que nunca se llega a una respuesta exacta, siempre surgen cosas nuevas. Pero eso, lejos de crearle ansiedad, le da “confort”. Porque, según Sigman, no se diferencia mucho de lo que hacemos en la vida cotidiana, en la que tomamos muchas decisiones sin saber si aquello o lo otro saldrá bien. Como la de mandar a nuestros hijos a un colegio determinado. “Tienes que vivir confortablemente con la idea de que tienes una enorme incertidumbre. Y uno aprende a convivir con eso, sin desesperanza, nihilismo ni cinismo”, opina.

De nuestra materia gris subestimamos, entre otras cosas, “la capacidad que tenemos de cambiar”, comenta. Lo suele hablar en sus charlas y ahora ha luchado contra ello en el proceso de creación de Experimento. Los adultos, sobre todo, tendemos a instalarnos en una zona cómoda que nos crea la “falsa ilusión” de que ya no podemos aprender cosas. “Pero sí podemos”. De hecho, la pandemia afloró una “vocación enorme” por aprender –jardinería, cocina, etc.–, precisamente por la presión de la incertidumbre que supuso el no saber qué iba a pasar. “Nos hizo un poco niños”.

mariano sigman

  • Buenos Aires, 1972. Licenciado en Física. Hizo el doctorado en Neurociencia en Nueva York y un postdoctorado en Ciencias Cognitivas en París. Cuenta con más de 200 publicaciones en revistas científicas. Está casado y tiene dos hijos. Es hijo del empresario farmacéutico Hugo Sigman.

Durante el primer confinamiento hubo que resetear, el jet lag social desapareció –todos los días parecían iguales– y, en algunas cosas, nos comportamos de forma previsible. Todos. Como cuando fuimos en masa a comprar papel higiénico. “Es un principio psicológico muy conocido que dice que cuando hay una dificultad uno se siente cómodo si ve que está haciendo algo al respecto“. Se trataba, explica Sigman, de cambiar un problema difícil por uno fácil. Al final, todos nos parecemos un poco, “tenemos una cantidad de cosas en común, por eso funciona Hollywood, todo el mundo se ríe, más o menos, de los mismos chistes y llora con las mismas cosas”.

Otra cosa que subestimamos es el riesgo cuando este está lejos. Se debe al llamado “sesgo optimista”, por el que pensamos que hay riesgos que no nos incumben. La Covid surgió en China y después pasó a Italia, pero fue al llegar a España cuando ya “sobrerreaccionamos”.

Sigman cita a Chomsky y a Bach en la charla, que tiene lugar en el tranquilo jardín de su casa. También a Libet y sus experimentos sobre el libre albedrío. “Sea una ilusión o no, pienso que tenemos que vivir como si uno realmente pudiese elegir”, dice al respecto, porque si no, “no hay ni juicio ni responsabilidad”. Es un tema complejo, advierte.

Actualmente, el científico preside una empresa que usa la Inteligencia Artificial para el seguimiento de pacientes. ¿Es la IA la solución a nuestros problemas? “Ni mucho menos”, señala. ¿Y la música? Funciona en nosotros, al igual que el arte, el juego o la ficción, como una “vacuna emocional”. Es “la válvula que abre el cuerpo al contacto con las emociones”, termina. Hagamos el experimento.



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