Finalmente… sí se acabó la década.


El 2020 será un año que quedará en nuestra psiquis mental como un permanente recuerdo de lo frágiles que somos y que no teníamos idea de la dimensión real que una pandemia traería a nuestra vida. Sin duda no todas las personas han experimentado este año con el mismo nivel de vulnerabilidad, pero de alguna u otra forma nos ha afectado y cambiado la vida a todos. La desigualdad de hoy pesa más que el año pasado, no porque no existiera, sino porque la fragmentación que nos ha traído la pandemia nos ha desnudado por completo.

Hoy se refleja la importancia de abordar temas como el acceso a la educación de calidad, a promoción de estilos de vida saludables, mejores prácticas de urbanismo, acceso a servicios de salud sexual y reproductiva gratuitos, programas de salud preventiva y manejo de enfermedades crónicas. La pandemia develó que nuestra sociedad existe con la premisa de: “mañana será mejor que hoy”, sin analizar que lo que hacemos hoy, impacta mucho en cómo definimos nuestro futuro.

La esperanza de que no se perderán más vidas por Covid-19 gracias a la vacuna, es un escenario prometedor para el 2021, pero la desaceleración de la pandemia dependerá directamente del número de personas que puedan ser vacunados y este proceso no ocurrirá tan rápido como quisiéramos. En otras palabras, muchas de las medidas que hemos tenido este año, tendrán que seguir practicándose para reducir los casos, y no será posible retomar nuestra vida pre-pandemia hasta cuando alcancemos la muy deseada inmunidad de rebaño.

La pandemia definirá el camino de la humanidad en la próxima década. Que nuestros gobiernos concreticen acciones que nos lleven a hacer realidad los objetivos del desarrollo sostenible ayudará a mitigar el impacto post-pandemia y a reducir las grandes desigualdades en nuestra sociedad. No estábamos preparados para la Covid-19 y la experiencia ha sido traumática, con pérdidas humanas irremplazables y emocionalmente desgastante.

La familia y las comunidades seguirán siendo la base en salud pública y todo los esfuerzos que se enfoquen en mejorar su calidad de vida, son claves para la resiliencia. Hay que regresar a lo más básico para resolver lo más complejo, y ni la ciencia ni los científicos pueden resolverlo todo: nuestros políticos tienen que comprometerse con ese misma pasión si queremos sobrevivir como humanidad. Que 2020 no nos haya marcado para seguir en este continuum de aceptar la inequidad como un mal aceptable e incorregible.

La autora es magíster en Salud Pública.



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