Herencia afro | La Prensa Panamá


Somos herederos de la gastronomía legendaria de Jamaica y de territorios vecinos, de su bon espectacular, del cucú, el enyucado, el pescado relleno, las empanadas patí y la plantain-tart, el arroz con poroto y leche de coco, del puré de plátano y del plátano en tentación.

Nos comemos cualquier día una delicia de esa factura, y ya ni recordamos su origen ni los dolores y sacrificios que la animan. Ni qué decir de la tradición llegada de la mismísima África, con la miserable y vergonzosa esclavitud.

Huella de aquella época está en el arte congo, levantado a patrimonio inmaterial de la humanidad por la Unesco. Fue un proceso de siglos, pasado por las aguas panameñas, al punto que los nativos de hoy de la República del Congo ni siquiera se reconocen en esas máscaras de diablos, diablicos y en el conjunto de este arte de nuestra patria.

En ese Kingston querido y porteño, se escribieron las palabras más hermosas a nuestra Panamá, dictadas por el genio de Simón Bolívar, quien buscó inspiración hace 206 años en la isla jamaicana, plaza de la que emigrarían miles de ciudadanos hacia nuestro país para la segunda y definitiva etapa de la construcción del Canal, a cargo de Tío Sam. El caraqueño identificó misión y destino categórico a nuestra nación y territorio, le tiró flores como nadie y estableció una identidad, cuando éramos muy pocos, casi todos en dificultades, y con los rigores de un imperio, ya en decadencia. Cinco años después, recomendó a nuestros compatriotas que adquirieran en ese puerto una imprenta de fabricación inglesa, la primera que dispusimos y en la

que editamos La Miscelánea del Istmo, nuestra primera expresión periodística.

Estos obreros venidos de allá ayudaron en la construcción del ferrocarril, así como de la creación de Colón. No fueron más por las restricciones impuestas por las autoridades de la isla, que frenaron la inmigración, a diferencia de los flujos procedentes de Barbados, donde más del 60% de la mano de obra varonil se trasladó al Istmo.

Ni hablar del reguetón, hijo del regué de calle y del calipso y soca, que tiene la marca registrada panameña, si bien los puertorriqueños consiguieron sacarle el mayor provecho financiero. Nacido en la Panamá de expresión jamaicana, el reguetón es la banda sonora de la globalización o de cómo quiera ser bautizada esta época terrícola.

Es el caldo de cultivo de un nuevo género musical, surgido del sentir y alma de esas migraciones, características de un lugar una posición geográfica, en la que varían los puntos cardinales del Norte y del Sur del continente (nuestro Occidente es el Sur de Costa Rica y nuestro Oriente es el Norte de Colombia).

Cuando llegó la oleada desde las Antillas (de lengua inglesa y francesa) de migrantes económicos para participar en los trabajos de construcción canalera y décadas después, voces poderosas hasta en público defendieron la idea de que retornaran a sus lugares de origen.

Visto desde hoy, cuando conmemoramos el aporte a nuestro Panamá de esas culturas, etnias y migraciones, ese despropósito, anacronismo, semeja una pesadilla nada popular.

El autor es docente, periodista y filólogo



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