La Guerra entre Costa Rica y Panamá (*)


Siempre he considerado que la Historia sirve de báculo a las naciones para enfrentar los grandes retos que se le presentan. La Historia panameña tiene gloriosos acontecimientos que nos deben brindar la savia para renovar nuestro patriotismo y fortalecer nuestra responsabilidad como constructores de un Estado democrático y de una nación al servicio de los intereses superiores de la humanidad.

Así vemos que dentro de los hechos pletóricos de patriotismo y marcados de coraje nacional, uno de valiosa importancia es La Guerra de Costa Rica-Panamá de 1921. A los 70 años (100 años 21/2/2021) de la denominada Guerra de Coto, debemos hacer un alto, y con conciencia histórica cimentar nuestra identificación nacional rindiendo homenaje a los panameños que nos legaron Patria.

Gracias a una gentileza del acucioso lector chiricano don Rodrigo Mercado y su distinguida esposa, a quienes me unen lazos de parentesco y profundo cariño, he recibido un interesante ensayo titulado “Datos Históricos de la Guerra Costa Rica- Panamá: Los trece voluntarios”, escrito en el año de 1931 por el también chiricano Ricardo Franceschi, partícipe directo de tan infortunado episodio de armas con nuestra vecina República de Costa Rica.

La disputa limítrofe entre Panamá y Costa Rica venía desde la época colonial, sin encontrar solución durante el período de unión a Colombia.

En 1900, Costa Rica y Colombia, en representación de Panamá, solicitaron al presidente de Francia, Emilio Loubet, que sirviera de árbitro para solventar el problema fronterizo. El 11 de septiembre de 1990 se dictó el Fallo Loubet, que Costa Rica rechazó sin prestar atención a su compromiso de acatar la decisión del árbitro francés. Cuando Panamá logra su separación de Colombia, asume completamente la responsabilidad del problema de límites. Costa Rica exigía un estudio del Laudo Loubet.

En 1910, Panamá acepta a través de la Convención Anderson-Porras, que el presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos de Norteamérica, Edward White, interpretara el Laudo Loubet. Para 1914, emergió el Fallo White que, sin interpretar el Fallo Loubet, establecía nuevos límites, favoreciendo antijurídicamente a Costa Rica. La Asamblea Nacional de Panamá dejó sentada su protesta y, entre 1914 y 1921, se mantuvieron las diferencias entre cuál era el fallo que se debía aplicar.

El 21 de febrero de 1921, tropas de Costa Rica invadieron la frontera panameña, violaron nuestra Soberanía Nacional e intentaron imponer por la fuerza el mencionado Fallo White.

Pronto el patriotismo se apoderó de los panameños y fueron enviados voluntarios a Chiriquí, donde rápidamente fueron derrotados los invasores. La historia continuó y una nueva imposición del coloso del Norte obligó a Panamá a cumplir el Fallo White.

Don Juan B. Soto escribe un prólogo en 1932 para el ensayo de Franceschi, donde con efusividad nos invita a leer lo que denomina “toda la amarga realidad que palpita en el fondo de este sombrío suceso, como una protesta viviente representada en trece hombres, para tener una idea definida de lo que significan las guerras para los pueblos sometidos a la bárbara coyunda de los especuladores”.

Adentrándonos en el propio ensayo, don Ricardo Franceschi nos narra una parte poco conocida de ese acontecimiento histórico que, por tener una fuente directa, es de singular interés. El ensayo se inicia destacando la importancia del 27 de febrero de 1921.

Para los trece voluntarios todo empezó en La Concepción, Distrito de Bugaba, Provincia de Chiriquí, en la noche del 21 de febrero, cuando llegan las noticias de la ocupación de la frontera “por el lado de Coto por tropas costarricenses”. Sin demora la antorcha del patriotismo se encendió y, nos dice Franceschi: “Mi espada quedó desde ese momento descolgada de donde permanecía 19 años en la quietud que nos trajo el glorioso 3 de Noviembre de 1903”. Junto a Ricardo Franceschi, partieron rumbo a Coto: Laureano Gasca, Salvador Gómez, Andrés González, Manuel González, Santos Correa, Agustín Guerra, Aurelio Serracín, Domitilo Araúz, Genaro Andrade, Clemente Jaramillo, Enrique Billard y Roberto Araúz. En la noche del 23 de febrero, llegó a Progreso el ejercito patriótico con el general Manuel Quintero Villareal como jefe, por escogencia del presidente Belisario Porras.

Los días 23, 24 y 25 de febrero transcurrieron sin que el Jefe del ejército patriótico tomara en cuenta a los trece voluntarios. Después de que Laureano Gasca y Ricardo Franceschi hablaran con Quintero Villareal al respecto, recibieron instrucciones de viajar con dirección a Coto y ponerse a órdenes del coronel Tomás Armuelles para recuperar aquel lugar.

El 27 de febrero ya estaban los patriotas frente a las tropas costarricenses. Había que tomar una decisión, y Armuelles pidió a Gasca que realizara la avanzada. Nos dice nuestro autor: “Instantáneamente Gasca me ordenó hacer avanzar a los voluntarios, quienes pasando por delante de la Policía Nacional seguimos a verle la cara al enemigo”.

Prontamente, estuvieron los panameños a unas 60 varas (50 metros) del Cuartel enemigo, y antes de lo esperado aparecieron dos ticos, “casi maquinalmente colocó – Gasca -, la punta de su espada tantas veces victoriosa en Colombia y Panamá, sobre el cuello de uno de ellos… En este trance, el coronel Zúñiga Mora y su compañero Daniel González, pedían que no los mataran”. Franceschi les contestó: “Nadie está dispuesto a asesinar a nadie, ríndanse y todo estará concluido”. Zúñiga Mora confesó que era el jefe de las fuerzas invasoras y que ordenaría a su gente la inmediata rendición, como en efecto se dio.

El Cuartel enemigo había sido apresado por los trece voluntarios, rápidamente se unieron miembros de la Policía Nacional; no todo era tranquilidad pues se maliciaba el arribo de fuerzas costarricenses.

Efectivamente, a las cinco de la tarde del 27 de febrero, a la orilla del río Conte se acercaba una nave de gasolina, y seguidas de gritos y gestos se iniciaron las descargas. Los panameños contestaron con el armamento decomisado, pues el que tenían era “pésimamente malo”. Después de varios minutos se dieron muertos y heridos del lado costarricense; los que quedaron con vida se rindieron. Del lado panameño solo el voluntario Aurelio Serracín resultó herido.

A las 8 de la mañana del 28, el coronel Armuelles le comunicó a Gasca y a Franceschi que partirían con los voluntarios en la nave La Sultana – que había sido apresada y reparada -, del puerto de Coto rumbo al Cuartel de Progreso a entregar 54 prisioneros de guerra al general Quintero Villareal.

Los voluntarios cumplieron sus órdenes y permanecieron en el Cuartel de Progreso los días 1 y 2 de marzo. El 3 recibieron orden de marchar a Cañas Gordas donde era urgente llevar un batallón de por lo menos 100 hombres. El 10 de marzo llegaron instrucciones de retirarse a la Ciudad de David, “lugar destinado para reconcentrar las fuerzas con el fin de dar de baja a los voluntarios, pues había cesado la guerra”.

En su “tributo de justicia a la verdad”, don Ricardo Franceschi termina con un párrafo de singular interés.

“Ya en David noté que efectivamente nuestros asuntos internacionales eran tratados por nuestras autoridades principales, prescindiendo algunas veces del General Quintero, en un sentido político, y de allí vimos cómo se repartían grados, glorias y demás accesorios de guerra entre unos cuantos predestinados, seres oportunistas, presuntuosos y ridículos que se valieron de la condescendencia del Jefe. Entre tanto, se dejaban postergados a los trece voluntarios”.

Con el deseo de fortalecer nuestra identificación nacional, escribo estas líneas, que esperan ser un sencillo homenaje a esos voluntarios chiricanos, que han sido soslayados por nuestros libros de historia, en la esperanza de que pronto los panameños sepamos justipreciar su valioso servicio a la patria.

(*) Este artículo fue publicado originalmente, hace 30 años, en el diario La Prensa, el 17 de abril de 1991. Hoy, se reproduce en la conmemoración de los 100 años del inicio de la Guerra de Coto. 

Abogado, presidente del Grupo Editorial El Siglo – La Estrella de Panamá, GESE.



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