Loro viejo


Jorge Anel Samaniego Ríos

La pandemia no cambia a nadie. En un intento de romantizar la crisis, quisimos plantearnos la posibilidad de que cuando terminaran las restricciones, saldríamos renovados, mejores.

La pandemia no cambia a nadie. En un intento de romantizar la crisis, quisimos plantearnos la posibilidad de que cuando terminaran las restricciones, saldríamos renovados, mejores. Pues, no.

Estamos lejos de salir de esto, precisamente porque no hemos cambiado. Seguimos siendo los mismos juegavivo, clientelistas de siempre, que queremos que el peso de la ley le caiga a los demás, mientras que a nosotros se nos permita tener “salvoconductos” morales para hacer lo que nos venga en gana.

Seguimos siendo la población a la que le encanta que le mientan. Sí, nos encanta que nos engañen, siempre y cuando el discurso mediante el cual nos apliquen la dosis de falacia diga lo que queremos escuchar. Frases como “la patria unida”, “cero corrupción”, “el pueblo primero”, y “no más de lo mismo” son apenas ejemplos de las hermosas mentiras con las que aquellos sin principios logran dirigir a los que no tienen memoria, al mejor estilo de Voltaire.

Y es que la política es el arte de lo imposible. Es imposible que aquellos que se turnan en el poder, que nunca viene alguno nuevo, tengan la solución para problemas que ellos mismos han causado. Pero nos venden esa fantasía y nos la creemos en los efímeros instantes que dura nuestra molestia con el régimen en poder, y nuestro enamoramiento por el próximo en la rotación.

Una vez que el nuevo asume el poder, se muestra como lo que es, y pasamos del amor al odio. Y en ese caldo de cultivo crece la aversión por aquel que vendría a salvarnos, y volvemos a querer a quien nos engañó, tan solo cinco años antes. Ciclo perfecto para los partidos políticos tradicionales que dependen de un pueblo inculto, capaz de venderse por una lámina de zinc, para existir en este lodazal que quieren llamar Democracia.

No hay pandemia que cambie la mentalidad de aquellos que defienden a los que mejor les paguen. Que acá no hay justicia. Acá hay un mercado en el cual se compra y se vende de todo, pero en el que solo pueden comprar aquellos que poseen las monedas necesarias. Y todo tiene un precio.

-¿Ibas ebrio y mataste a uno o varios inocentes? Tranquilo. Cuesta tanto, y mejor que llames a fulano.-

-¿Te birlaste un puente? No pasa nada. Habla con tal juez. Ah, y es tanto.-

-¿Qué desvalijaste un país? Aplausos para este tremendo ciudadano, víctima de odios y rencores-.

Y así nos va. Entonces nos sorprendemos cuando vemos al sector más pobre, y menos educado de la población delinquiendo, y buscando maneras de enriquecerse.

Drogas, trata de blancas, lavado de dinero, tráfico de influencias que generan los más atroces crímenes llenan las pantallas y titulares, mientras un juez prohíbe que se muestre el rostro de un delincuente confeso.

En nuestro país el sistema protege y defiende al criminal, mientras expone a las víctimas. Agarran a un ladrón, a un violador o a un asesino y de una vez les tapan el rostro. Deben mostrarlo para que el resto de la población pueda ver de quién se trata, y así cuidarse en caso de verle. Pero no. Lo que sí sucede es que inmediatamente surgen tropas de abogados y defensores que velan por el buen trato que vaya a recibir el criminal… No, no me equivoqué, salen a cuidar la vida y derechos de alguien que no respeta ni vida ni derechos de sus víctimas.

¿A nadie más le parece que eso está mal? ¿Por qué defienden a los malos, y desestiman a los buenos?

En este mismo país, tampoco se exige que aquellos que aspiren a ocupar posiciones de poder y mando posean un récord de conducta impecable, tanto en lo profesional como en lo social, para entonces escandalizarnos cuando vemos que alguien que servía tragos, o que era imagen en un programa de taquilla social surge como terrateniente y empresario exitoso.

No es culpa del Gobierno. La culpa es de nosotros, que votamos sin visión ciudadana. Cuánta falta nos hacen ahora mismo profesionales capaces y honestos, que perdieron la oportunidad de representarnos con dignidad, debido a que nosotros votamos por alguien que “se veía bien” en un programa en el que la ropa escasa era la tónica.

-Ajo, es que fulano es muy regañón, y siempre discute.- Quizás alguien que viniera a regañar a los de siempre, y a defender el país era lo que necesitábamos. En los partidos hay gente buena, pero eso no es lo que los partidos quieren como figuras, pues son una amenaza a la pirámide de suciedad que han construido. Y mientras tanto, sufre mi Panamá.

Ningún político nos va a salvar. El país se levantará cuando elijamos personas capaces, coherentes y que demuestren con hechos sus aptitudes. Basta de tanto discurso vacío. “Hagan lo que digo, no lo que hago”.

Pero esto es un proceso de aprendizaje. Toma tiempo.

Aquí hemos demostrado elección tras elección que somos un loro viejo, y “loro viejo no da la pata”. Ojalá aprendamos algún día.

Dios nos guíe.

Ingeniero civil.



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