“Mis seis hijos son músicos. He llorado de emoción con todos”


De gira por España, Chucho Valdés está “emocionado” por tocar después de un año difícil para los artistas. Con su padre, Bebo, en boca y mente, aboga por defender aquello en lo que uno cree. Él siempre lo ha hecho. La entrevista tuvo lugar antes del estallido de protestas en Cuba, su país natal.

Está a punto de cumplir 80 años, lleva más de 60 de carrera, ¿le quedan cosas por aprender? Te diría que tengo más cosas que aprender que las que he aprendido en todos estos años. Porque la música es un arte que va en desarrollo, no se detiene. Siempre va a haber cosas nuevas, pero, sobre todo, los compositores como yo siempre estamos creando, buscamos caminos alternativos. No hay final.

Después de un año tan extraño, ¿cómo afronta esta gira por España? Muy emocionado. Todos los músicos hemos estado parados por mucho tiempo, sin tener contacto directo con una audiencia. Y hemos hecho cosas virtuales, pero no es igual. Es como un partido de fútbol sin público, en el que no haya la emoción de cuando se grita ‘¡goool!’ Eso te impulsa. Pero también nos ha servido de experiencia.

Ha creado una escuela online y da clases, ¿cómo se lleva con las nuevas tecnologías? Uno va evolucionando y ahora me gusta el online muchísimo, porque puedo llegar a más lugares. Tengo alumnos que son de Asia, Australia, Europa, América… ¿De qué forma podría darles clase si no fuera así?

Cuando usted formó la banda Irakere no todo el mundo entendió lo que hacían. ¿Se considera un valiente por arriesgar en aquel momento? Sí. Estábamos defendiendo un concepto que nosotros entendíamos. Por supuesto, siempre que vas a hacer algo diferente tienes oposición y mi maestro Leo Brouwer decía que las tradiciones se rompen, pero cuesta trabajo. Tienes que ser valiente y mantener tu concepto. Si no sirve, se va a saber, porque eso lo decide el gran público. Y si va a funcionar, también. Tuvimos mucha suerte.

chucho valdés

  • Quivicán, Cuba, 1941. Con tres años ya tocaba el piano. Estudió en el Conservatorio Municipal de Música de la Habana. Máximo exponente de la música afrocubana. Fundó la banda Irakere en los 70 y acaba de resucitar otro de sus proyectos, Jazz Batá. Es hijo de Bebo Valdés. Tiene seis hijos.

Su padre, Bebo Valdés, también arriesgó con el batanga. Mi papá es único. Irrepetible. Mi papá, como dicen, no es edición limitada, es edición única. Y yo he tratado de llegar hasta donde él ha llegado y de hacer, a partir de eso que he aprendido de él, mi camino. Lo dirá la historia, lo dirán los músicos, pero pienso que algo he logrado. Gracias a él.

Por su casa de La Habana pasaron muchos artistas cuando era pequeño. ¿A quién recuerda con cariño? Uf… a Celia Cruz, con mucho cariño, la mejor cantante sonera de la historia de Cuba. Benny Moré, uno de los más grandes; Arsenio Rodríguez, el sonero mayor; Ernesto Lecuona… Mi casa era un centro cultural. 

Usted es muy disciplinado trabajando, ¿cuánto tiene en realidad el jazz de improvisación? Tiene un cien por ciento. A partir de un tema, una base que te dan, una cosa a la que nosotros los cubamos le decimos ‘pie forzado’, tú empiezas a hacer tu historia, haces variaciones. Esa historia es la que lleva un cien por cien de improvisación.

¿Por qué es tan importante para usted la herencia africana? Porque es una tradición familiar que viene de siglos, que se va transmitiendo. Y a mí me tocó mi parte, que viene de mis abuelos y de mi papá. Yo la sigo y mis hijos la van siguiendo. Así es como funciona. No en todas las familias es así, pero como somos músicos, están las raíces musicales, la historia de los tambores, del ritmo de las canciones, de la religión Yoruba…

¿Usted la sigue? ¿Es creyente? La sigo cien por cien. Soy creyente, pero no fanático.

¿Deberíamos mirar a nuestros orígenes para entender el ahora? Pienso que el presente es una evolución del pasado. Si tú no conoces el pasado, tampoco podrías conocer realmente el presente. Y el presente va a ser el pasado del futuro.

Chucho Valdés, tocando el piano.
JORGE PARÍS

Imagine que Dave Brubeck no hubiera estado en 1970 en Polonia viéndole actuar. ¿Cómo habría discurrido su carrera? Muy diferente. Quizá hubiéramos encontrado el camino más tarde… o nunca. Pero hay cosas que pasan a la hora y en el momento precisos.

Tiene muchos seguidores en EE UU, ha ganado varios Grammys, ha tocado ante Obama… ¿esas cosas alimentan el ego de uno? El ego sano. Porque es como confirmar que lo que estás haciendo está aprobado por personas importantes, por músicos, musicólogos… Y ese ego sano te alimenta para seguir más.

¿Cuándo fue la última vez que bailó con ganas? A ver, déjame darle vueltas al almanaque… En San Francisco (en 2019) nos hicieron un tributo y me dieron un Lifetime Achievement Award por lo que he hecho en toda mi vida. Esa noche bailé muchísimo. De alegría.

Jazz Batá es un viejo proyecto que tenía y que ha recuperado. ¿Qué le aporta después de tantos años? Muchas cosas, de experiencias aprendidas y de conceptos musicales y estructuras. En el primero no se utilizaron las voces en la lengua lucumí o yoruba y en Jazz Batá 2 lo pude hacer. Y tecnológicamente los estudios de grabación hoy tiene más recursos. 

Sus hijos también han salido músicos… ¡Todos!

¿Qué diría hoy su abuela Caridad? El sueño de mi abuela fue verme tocando junto a mi papá. Yo tocaba el piano desde los tres años y ella decía ‘prepárate, sueño con verte tocar un día con tu padre’. Y se vio: en la televisión, el primer programa que hice a dúo de piano lo hice con Bebo. Tenía 18 años. Ella lloraba.

¿Llora usted al ver tocar a sus hijos? He llorado de emoción con todos. Todos son buenos músicos. Desde Chuchito hasta Julián. Son seis. Pero se han dedicado por propia vocación.

¿El reencuentro con su padre dio serenidad a su vida? Me dio mucha tranquilidad, porque no nos vimos durante 18 años. Pero nos encontramos. Y al final, cuando él vino a vivir aquí a Málaga, a Benalmádena, yo me mudé muy cerca de su casa y volvimos a retomar aquellos años y a tocar juntos. Conoció a su nieto Julián, que le dio mucha alegría, y a mi esposa, Lorena. Fue increíble. Grabamos un disco juntos.

¿Cuántos años más le seguiremos viendo tocar? Los que Dios quiera. Mientras tenga salud y fuerza yo voy a seguir tocando. Mi papá tocó hasta los 90 o 91 años, y lo hizo bien, nunca se le olvidó el piano. Yo le pido a Dios que me dé esa fortuna.



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