Nombres extranjeros y sus grafías


Hace siglos, lo habitual era traducir nombres y apellidos o nombres de lugar. Thomas Moore (del inglés) quedó en perpetuidad Tomás Moro en español. Pero aunque desde los latinos se encuentra la Arabia Feliz, y se usaba en el siglo XVII, la combinación careció de suerte y hoy decimos Arabia Saudí (significa feliz en árabe) o Arabia Saudita (esta última llegada al español por intermedio del francés). Alencastre (Lancaster), Guatarral (Walter Raleigh) o Tomás Cromuel (Thomas Cromwell) ni se oyen ni escriben aunque antes figuraban así. Salvo algún humorista, nadie mencionaría hoy a la Dama de Hierro inglesa, Margaret Thatcher, como Margarita Tachera o Margarita Techadora, la primera por la fonética de su apellido y la otra por su significado. (Sólo María Chuchena techaba su choza. Techaba su choza, no techaba la ajena).

Se ha traducido erróneamente. María Antonia, propiamente el nombre de la malhadada reina francesa, ha quedado María Antonieta. Fue la esposa de Luis XVI de Francia, juzgado ciudadano común por la Revolución Francesa llamándolo Louis Capet, Luis Capeto en español.

Hasta el siglo XIX o principios del XX algunos seguirían traduciendo los nombres, a veces sólo los de pila. Nuestro Gaspar Octavio Hernández (1893-1918) no tuvo empacho en escribir Alfredo de Musset, Carlos Baudelaire, Edgardo Poe, Pablo Verlaine.

Por incrementarse el conocimiento de lenguas extranjeras, a mediados del XX nadie reduciría a Brígida Bardó a la erotizante Brigitte Bardot de tantos sueños adolescentes del siglo pasado, según puntualizó Elsie Alvarado de Ricord en Usos del español actual. Añádase que algunos nombres son intraducibles. Emilio Lorenzo, en El español de hoy, lengua en ebullición, recuerda, por ello, que nombres tales Colin, Percy, Rudyard, Warren, Washington o Wilkie del inglés carecen de versión exacta en español, lo que inhibe su traducción.

Y ¿qué decir de los nombres en las llamadas lenguas exóticas, que por la mundialización se conocen más? Aquello de “Padre de las flores”, para Bulnuar o “Madre del bien” para Umeljer, traducciones literales del árabe, impresionan como de novelas de folletín del XIX (algunas deliciosas y memorables), cuando significarían Jardinero o Florista y Bondadosa, respectivamente.

Dilema semejante al de traducir o no traducir o cómo traducir surge con la ortografía. ¿Se mantiene la original o se la adapta, y cómo? Al español llegan nombres por vía del francés y, más aún, por vía del inglés, con ortografía que parece acuñada para oponerse a descifrar la pronunciación más que la del francés, deducible con esfuerzo. Por consiguiente la prensa va llenándose de grafías que parecen hechas para confundir o para dificultar, por lo que se encuentran dobletes, que desaparecen sólo cuando una forma se impone por uso, no por lógica o racionalidad. (Pocos saben que la combinación kh del francés se ha usado para representar lo que en español vale j y tch no es más que la ch del español estándar. Entonces Khruschev podría transliterarse Jruschov en español o Tchaikovsky sería Chaikovski, como sin desdoro a veces figuran).

Hoy tropezamos con Belarús y Bielorrusia, Járkov y Kharkiv, Kiev y Kyiv, Odesa y Odessa, que nunca sabemos si pronunciamos correctamente. En español se recomienda Bielorrusia, Járkov y Odesa. Las vacilantes y hoy olvidadas Kie, Kief, Kiew o Kiovia se documentan para la capital ucraniana en el español de antes.

Ciertas formas se insuflan de significado. En inglés, la transliteración de la capital de Ucrania es ejemplo. Los ucranianos prefieren Kyiv, y hay quien opta por escribirla así en inglés porque viene del ucraniano. Kiev es del ruso, de donde habrá llegado al español. En inglés la diferencia ortográfica declara elección política.



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