Osteomielitis, la infección de los huesos que se pensaba incurable


Las infecciones, que no son otra cosa que la invasión de un tejido de nuestro cuerpo por un microorganismo patógeno, pueden afectar a cualquier parte de nuestro cuerpo. Por ejemplo, es posible que afecten a los huesos.

Las infecciones en los huesos, provocadas casi siempre por bacterias (estrafilococos) se conocen como osteomielitis, y normalmente llegan hasta ellos a través del torrente sanguíneo o desde el tejido adyacente, pero también pueden ingresar directamente en el tejido óseo si se expone al ambiente por una lesión.

En cualquier caso, sí que se sabe que hay ciertos factores, como el hábito de fumar o las enfermedades crónicas como la diabetes, que aumentan el riesgo de padecer osteomielitis.

¿Cuáles son sus síntomas?

La osteomielitis puede ser difícil de detectar, porque sus síntomas son los habituales de muchas infecciones y, por tanto, resultan bastante inespecíficos. En líneas generales, incluyen:

  • Fiebre.
  • Manifestaciones externas en el área infectada, como inflamación, calor o enrojecimiento.
  • Dolor.
  • Fatiga.

En los bebés, las personas mayores o en aquellos que tienen el sistema inmunitario debilitado, la osteomielitis puede resultar aún más difícil de detectar, ya que podrían no tener síntomas o que queden enmascarados por los de otras condiciones. Por ello, las personas de mayor riesgo deberían buscar atención médica inmediata si encuentran algún indicador de que podrían estar sufriendo una infección.

Si no se trata, la osteomielitis termina conduciendo a muerte ósea (osteonecrosis), artritis séptica, problemas de crecimiento en los niños y cánceres de células escamosas.

¿Cómo se trata?

Durante mucho tiempo, se consideró que la osteomielitis no tenía cura; en la actualidad, no obstante, hay algunos enfoques que pueden erradicarla con éxito.

La estrategia contra esta enfermedad combina varios métodos quirúrgicos, en función de las características específicas de la lesión, y la administración de fuertes antibióticos por vía intravenosa.

Así, por ejemplo, puede ser necesario drenar productos de la infección como pus o líquido; extirpar el hueso necrosado o de tejidos enfermos; restaurar el flujo sanguíneo al hueso; extirpar objetos extraños o, incluso, amputar la extremidad.

De cara a determinar el tipo de antibiótico más idóneo, será necesario establecer cual es el patógeno causante de la infección mediante una biopsia ósea.



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