¿Por qué algunas enfermedades pueden ser erradicadas gracias a la vacuna y otras no?


Nos encontramos en un momento en el que la vacunación contra el SARS-CoV-2 avanza rápidamente y, sin embargo, el virus continúa presente y afectando severamente a la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo. Son muchas las incertidumbres respecto al futuro de la pandemia, pero en todas subyace la esperanza de, por fin, lograr pasar este capítulo oscuro de la historia de la humanidad.

Desde luego, la vacuna continúa siendo el arma más poderosa en la lucha contra el virus. La evidencia científica ha demostrado que pueden lograr grandes resultados y que pueden garantizar una seguridad ante las enfermedades infecciosas que no es posible de otro modo, pero la experiencia con otras enfermedades puede indicarnos que ello (y, de nuevo, sin menospreciar el vital papel que cumplen a la hora de salvar vidas y controlar la transmisión de la infección) no implica, necesariamente, la erradicación total.

De hecho, la historia nos dice que la erradicación de la enfermedad sólo es posible en algunos casos, así que es importante aprender del pasado para poder empezar a imaginar qué pasará en el futuro.

¿Qué es erradicar una enfermedad?

La OMS considera que erradicar una enfermedad significa reducir a cero la prevalencia de dicha enfermedad en la población mundial de huéspedes. Es decir, borrarla literalmente del mapa. Técnicamente, lograr este objetivo implica que la enfermedad no volverá a aparecer.

Como es natural, esto no es sencillo de lograr, y es difícil (si no imposible) saber con seguridad que no existe un sólo huésped infectado en todo el planeta. Por ello, la OMS adopta una serie de criterios de vigilancia epidemiológica que deben cumplirse para considerar que una enfermedad ha sido erradicada y que se establecen en base a las características particulares de cada dolencia, pero suelen coincidir en que debe pasar un lapso de tres años sin que se registren casos endémicos.


Por ello, no hay que confundir erradicación y eliminación: mientras la primera, como hemos visto, tiene en cuenta el mundo entero, la segunda se refiere a la desaparición de una enfermedad únicamente de una zona.

También es preciso señalar que existe un paso más allá de la erradicación. Cuando no sólo se acaba con la enfermedad, sino que el agente no existe ya ni en la naturaleza ni en el laboratorio, se habla de extinción.

Dos historias de éxito

La OMS declaró en 1980 que “el mundo y todos sus habitantes han conseguido liberarse de la viruela”. Más de treinta años después, en 2011, la OIE (Organización Mundial de Sanidad Animal) y la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) hicieron lo propio con la peste bovina.

Hasta el día de hoy, estas son las dos únicas enfermedades que están oficialmente erradicadas, y una de ellas (la peste bovina) ni siquiera afectaba a los seres humanos. No obstante, que sean excepciones no desmerece el logro que ello representa.

Imagen al microscopio de una célula (colorizada en verde) infectada por partículas virales de la variante británica (amarillo).

La viruela fue una enfermedad conocida desde la antigüedad que se llevó por delante innumerables vidas. Según recoge en su libro de 2009 detallando la historia de la erradicación de la viruela el reputado epidemiólogo Donald Henderson, que dirigió la estrategia para la erradicación de esta enfermedad, sólo en su último siglo de existencia mató a unos 500 millones de personas. Era relativamente poco contagiosa, por lo que se propagaba en la forma de brotes periódicos a lo largo del tiempo, más que en grandes pandemias.

Por su parte, la peste bovina era una enfermedad que, como ya hemos mencionado, no afectaba a los humanos, pero en el ganado bovino y en algunas especies salvajes (entre los que era muy contagiosa) podía llegar a alcanzar una mortalidad del 90%. También se conocía desde tiempos inmemoriales, y con cierta regularidad estallaba en epizootias (epidemias entre animales) que acababan con la vida de millones de seres.

¿Cómo se erradicaron?

Ambas enfermedades tenían varias cosas en común. Por una parte, afectaban a especies muy concretas e identificables (en el caso de la viruela, únicamente a humanos; en el caso de la peste bovina, a unas pocas especies de rumiantes). Las dos eran fácilmente detectables (causaban lesiones muy visibles) y no provocaban casos asintomáticos. Las dos enfermedades estaban causadas por virus, y además estos mostraban poca variabilidad antigénica (cepas).

Y es que, precisamente, no todas las enfermedades infecciosas se consideran erradicables (las no infecciosas no lo son en ningún caso). Para ello, tienen que cumplirse una serie de requisitos, recogidos por la OMS y basados en los definidos en el Taller Dahlem de 1998. Estos son:

  1. No deben existir reservorios no humanos: los seres humanos deben ser fundamentales para el microorganismo, que no tendría en este caso otros reservorios y no se multiplicaría en el ambiente (cuando nos referimos a enfermedades animales, se aplicaría a la especie o especies afectadas por la enfermedad).
  2. Deben existir medios prácticos de diagnóstico con suficiente sensibilidad y especificidad para detectar aquellos niveles de infección que conduzcan a la transmisión de la enfermedad.
  3. Debe existir una estrategia eficaz de intervención y dispensación, capaz de interrumpir la transmisión del organismo.
Medidas seguridad en el Colegio Virgen de Europa en Boadilla del Monte

Es en los dos últimos puntos donde entra la acción humana. Por una parte, es necesario que existan métodos de detección adecuados (en el caso de la viruela y la peste bovina, bastaba con un examen visual de las lesiones apoyado por un cultivo en laboratorio), lo que es mucho más fácil cuando no se producen casos asintomáticos. Por otra, debe existir una estrategia capaz de impedir la transmisión, que tanto para la viruela como para la peste bovina se basó en la vacunación.

Y, aún así, no sólo basta con la existencia de la vacuna. Las políticas en su aplicación pueden también determinar su éxito; por ejemplo, como de nuevo señala Henderson, cuando la OMS emprendió la campaña de erradicación de la viruela ya se vacunaba rutinariamente desde hacía muchos años en un buen número de países, con lo que la viruela ya había sido eliminada de gran parte del mundo.

Para atajar la cuestión en aquellos en los que esto no sucedía, los epidemiólogos de la OMS optaron por una estrategia basada en aislar cada caso detectado y vacunar a todo el que hubiera estado en contacto, lo que logró que la enfermedad se pudiera ir eliminando por zonas, hasta que el último contagio natural tuvo lugar en Somalia en 1977.

La estrategia contra la peste bovina fue muy similar, basada en el uso de una vacuna atenuada en función de los casos detectados gracias a una vigilancia constante y sistematizada de la aparición de casos.

¿Cuáles serán las próximas enfermedades que erradiquemos?

La comunidad científica considera erradicables varias enfermedades infecciosas, escogidas según los criterios ya expuestos y según su urgencia. En general, se trata de males que ya han sido eliminados de gran parte del mundo por diversos métodos (en la mayoría de ellos, por décadas de campañas extensivas de vacunación en los países con más recursos).

<p>Imagen del 'Anopheles stephensi', el mosquito que transmite la malaria.</p>

Como recogen Max Roser et al. en Our World in Data, la OMS defiende que la poliomielitis y la dracunculiasis son, actualmente, enfermedades erradicables. La ITFDE (International Task Force for Disease Erradication, una organización fundada en el seno del Carter Center y apoyada por la fundación Bill & Melinda Gates), en cambio, es más ambiciosa y se marca siete objetivos que considera posibles: la poliomielitis, la dracunculiasis, el sarampión, la parotiditis, la rubeola, la elefantiasis y la cisticercosis.

Por otro lado, la OMS tiene un plan operativo para erradicar el pian y ha discutido ampliamente la posibilidad de elaborar otro para la malaria, si bien no ha concluido hasta el día de hoy si esto es viable y se ha marcado como prioridad controlar la enfermedad.

¿Es erradicable el coronavirus?

Es evidente que el SARS-CoV-2 claramente no cumple con los criterios que, a día de hoy, se consideran necesarios para que una enfermedad pueda ser erradicada. Como infección de origen zoonótico posee reservorios en otras especies de animales, y al cursar de forma asintomática en algunas personas y debido a su periodo de incubación, puede pasar fácilmente desapercibido ante las estrategias de diagnóstico. Además, la aparición de distintas cepas puede dificultar la acción de la vacunación.

Esto no resta importancia a los esfuerzos contra la pandemia. La prioridad de la OMS hacia el SARS-CoV-2 no está en la erradicación sino en el control de la enfermedad, y en lograr una reducción drástica de casos graves y fallecimientos, una meta para la que las vacunas ya han demostrado ser tremendamente útiles.

Lo que puede salir mal

Previamente hemos mencionado la diferencia que existe entre la erradicación y la extinción de un virus. Pues el caso es que ninguna de las dos enfermedades erradicadas ha sido extinguida, y en parte esto es deliberado. Tanto en el caso de la viruela como de la peste bovina existen muestras almacenadas con distintos propósitos, por lo que el agente infeccioso sigue vivo.

En el caso de la peste bovina, son cientos los laboratorios que aún la conservan, en principio con fines científicos (si bien teóricamente es necesario recibir la aprobación de la FAO y la OIE).

Respecto a la viruela, son dos los laboratorios en el mundo que (oficialmente) tienen muestras del virus: el Centro Nacional de Investigación de Virología y Biotecnología en Rusia (el antiguo Instituto Vector soviético), y los laboratorios del CDC en Atlanta (EE UU). Estas muestras, originalmente, se guardaron con el propósito de facilitar una vacuna si alguna vez, por diversos motivos, la viruela regresase. Y, aunque muchos (incluyendo grupos de investigación de la propia OMS) han abogado desde entonces por la destrucción de esta caja de pandora, se ha considerado que la investigación sobre este peligroso virus aún tiene frutos que ofrecer a la humanidad.

Imagen de archivo de una piscina.

Con todo, parece ingenuo pensar que ese es el único motivo para mantener al virus con vida. Como refleja Donald Henderson en su trabajo de 1999, la comunidad científica tiene muy presente el potencial que tiene la viruela como arma biológica, algo que comparte con la peste bovina (según recoge la OIE). Ese terrorífico prospecto ha llevado históricamente a una desconfianza internacional entre Estados Unidos y Rusia con respecto a la destrucción del virus, y los atentados con carbunco de 2001 hicieron crecer los temores de que determinados grupos terroristas puedan poseer muestras no registradas de la enfermedad. 

De hecho, entre 2013 y 2014 se encontraron dos muestras olvidadas en laboratorios de Estados Unidos y Sudáfrica (que fueron destruidas bajo supervisión de la OMS), por lo que no es imprudente pensar que puedan quedar más y que alguna pueda caer en malas manos.

Y ni siquiera es esa la única vía que tendrían estos virus para resucitar. En los últimos años, la fusión del permafrost en ciertas áreas adyacentes al ártico ha dejado al descubierto cadáveres de animales y personas con décadas o incluso siglos de antigüedad, algunos de los cuales contenían microorganismos preservados. Incluso, en 2016 se desató un brote de carbunco que afectó a 24 personas por este mismo motivo.

Aunque no se han encontrado en este contexto muestras del virus en estado viable, en un antiguo cementerio de víctimas de la enfermedad que quedó expuesto por la fusión del permafrost sí que se han hallado restos del ADN vírico, lo que eleva los temores de los científicos a que la mortal enfermedad pueda regresar del pasado algún día.



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