Reflexiones de Pandemia | La Prensa Panamá


Un amigo que vive en Hong Kong me escribió en enero 2020 para decirme que debíamos tener cuidado, que llevaban días encerrados y que el virus llegaría hasta nosotros. Me reí despreocupada y libre y seguí con mi diario bregar. Un año después solo puedo pensar en qué hubiese pasado si en ese momento todos hubiésemos hecho un alto y escuchado.

El pasado es la certeza, el presente lo efímero y el futuro es solo una promesa. Ahora me pregunto realmente, teniendo la certeza de lo que hemos pasado, cómo queremos vivir este nuevo año.

Nuestros problemas con el virus no iniciaron en marzo, cuando apareció el primer caso de Covid-19 en Panamá. Mucho antes de esto, la sociedad que hemos construido definía las reglas del juego. Un sistema en el que valoramos la capacidad de surgir a costa de todos, en el que la solidaridad era un susurro y el juega vivo, un valor celebrado.

Aquel que lograba, de manera inescrupulosa salir elegido, robar, pero hacer, o vanagloriarse de su fortuna, era el líder que nos motivaba y celebrábamos. No hay nombres ni apellidos en este argumento, ya que todos somos parte de ese “Contrato Social” amañado. Y ahora, cuando más necesitamos de la solidaridad, compromiso y ética, nos rasgamos las vestiduras por las redes sociales del poco liderazgo que tenemos.

Al anuncio de la posibilidad de la llegada de una vacuna salen muchos a buscar, de cualquier manera, estar en una lista o comprarla antes que el gobierno para así asegurarse que les toque a ellos primero.

Jugar vivo nos asegurará poder celebrar que el virus de la muerte no nos jugó la mala pasada. Una vez vacunados, seremos libres de salir y regresar a lo que mas importa.

Pero allí es donde está la situación paradójica. Cuando uno pierde a un familiar, se da cuenta que lo que más importa siempre estuvo frente a nuestras narices. Cuidarnos los unos a los otros, ser solidarios y entender que el virus tiene más capacidad de matar a aquellos que más queremos; nuestros padres y abuelos.

Para lograr esto se necesita más que la promesa de una vacuna. Despertemos de nuestro individualismo contagioso, organicemos una respuesta coherente y, más que nada, comencemos a construir un país de cuatro millones de seres humanos unidos con propósitos.

La autora es arquitecta



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