Tía Ñata, la historia de una artesana


Repican los tambores, suenan las cajas, las trompetas se alzan a la distancia y el danzar de miles de polleras bailotean sobre Las Tablas. Damas de todas las edades, grandes y pequeñas, se dieron cita en el tablado, para lucir con garbo uno de los vestuarios nacionales de mayor renombre: la pollera panameña. Este conjunto artesanal esconde tras los vibrantes colores de sus hilos cuidadosamente cocidos, tras el brillo de sus cadenas y tras el vibrar de sus tembleques, el tiempo, la dedicación, el trabajo manual y el conocimiento ancestral trasmitido de generación a generación. De una madre a una hija, de una abuela a una nieta, o quizás de una maestra a una alumna, sin llegar a sospechar el impacto que estas empíricas acciones ejercen.

Esta es la historia de una artesana, abanderada del desfile de las Mil Polleras, cuyas manos han bordado los diseños de más de 500 polleras, y cuyos ojos han visto la transición del vestido típico nacional durante los últimos 50 años.

Esta artesana es tableña, nacida en julio de 1941, en el desaparecido hospital Geraldino de León. Trinidad Domínguez Medina o Tía Ñata, como cariñosamente es llamada por sus sobrinos, es la segunda de cuatro hermanas: Josefa, Viviana y Bienvenida; pasó su niñez jugando bolas, muñecas y matatenas (yaks) en el poblado de Las Palmitas, hoy un corregimiento del distrito de Las Tablas. Posteriormente, a la edad de 12 años, se traslada junto a su madre, Eulogia Medina, y sus hermanas, al tablado, al sector conocido como Praga, más específicamente, detrás del jardín el Royal Jean.

Gracias a una herencia otorgada a su madre, más la ayuda de su padre, lograron levantar una tradicional casa de barro y tejas, aderezada con los típicos colores de la época. Años más tarde, mientras asistía a un baile en compañía de su madre, conoció a quien poco tiempo después se convirtió en su esposo y padre de sus hijos.

Aunque esa noche no bailó con aquel apuesto admirador, fue su compañero de vida durante muchos años. Luego de tener a su primogénita, a los 17 años se entregó al arte de la costura y confección de diferentes tejidos relacionados a la pollera, ya sean estas bordadas, sombreadas, zurcidas, marcadas o caladas.

Sin embargo, ¿en qué momento nace esta vocación por la confección de la pollera? Esta vocación nace –narra Tía Ñata– durante las clases de costura de la maestra Leticia López de López, en la escuela Presidente Porras, donde aprendió a hacer siete tipos de costuras. Ahí, sobre un pedazo de tela, entre las rojas paredes de aquella escuela primaria, y bajo las instrucciones de aquella maestra, Trinidad se sumerge en el amor por el arte de la pollera. Entre hilos y punzadas, poco a poco se forjaba una artesana. Antes eran polleras sencillas; hoy son muy elaboradas. “¿Mi color preferido para una pollera? El color naranja, responde Tía Ñata. Es una lástima que actualmente se hayan perdido aquellas clases donde la maestra le enseñaba el valor por lo propio a sus estudiantes, resaltando lo más íntimo que representa a una mujer panameña ante los ojos de los demás: su pollera.

Hoy, Trinidad reside en la Enea de Guararé, rodeada de su familia. Los cabellos grises de aquella niña aprendiz en una clase, en lo alto de una escuela, son el reflejo de los retazos de la vieja academia. Aquel hogar integrado por 5 mujeres, entre ellas una hábil costurera, solo resta en el recuerdo de quienes lo vivieron; aunque sus paredes y techo de arcilla se han desvanecido a pequeñas fotografías, más de tres generaciones han caminado por su suelo, incluyendo a mi persona. Las tradiciones suelen tener sus guardianes, quienes las cuidan, las conservan y las trasmiten, ya sea una madre, una tía o una maestra; lo importante: que las tradiciones permanezcan.

El autor es estudiante de doctorado



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