un paranoico que hace cine llamado Woody Allen


Hay que esperar hasta la página 358 de las memorias de Woody Allen, A propósito de nada (Alianza), para que Misterioso asesinato en Manhattan (1993) haga su aparición. Para que el cineasta diga algo como “es una de las mejores películas que he hecho”. Teniendo en cuenta que no suele ver sus obras, no guarda recuerdos ni documentación de los rodajes ni lee las críticas, es una aclaración esperada. Hizo la cinta, explica, para su propio deleite, sin incluir ningún recado trascendental. Haciendo gala del “no tengo pensamientos elevados” que atraviesa el libro de principio a fin. Su personaje, Larry Lipton, era ese que quería invadir Polonia cuando escuchaba a Wagner.

El neoyorquino se pinta a sí mismo como un “analfabeto misántropo” al que de niño no le gustaba nada leer, pero sí los deportes y las mujeres. Mucho. Y después, también. Está obsesionado con el jazz y la muerte: cuando nació “ya era paranoico” y pronto comenzó a tener problemas con su finitud, una incomodidad existencial que resume en el término alemán weltschmerz. Allan Stewart Konigsberg, que así se llama, siempre quiso vivir en una de esas “comedias de champagne” que su prima Rita le descubrió en la sala Midwood, con Katherine Hepburn o Cary Grant. Cecilia, la soñadora de La rosa púrpura del Cairo (1985), es la imagen que le devuelve el espejo.

Hasta aquí, todo normal. La autobiografía parece sacada de sus guiones; su cine, lo intuíamos, solapa pasajes de su vida. Allen lo suelta todo sin pausas que impongan una estructura, cámara en mano –corta y cambia de plano con las palabras–, y se permite irse por las ramas, que para eso está contando él la historia. No obstante, establece dos zonas claras, la de su desarrollo como persona y su trayectoria –redacción profusa, más elaborada, disfrutona– y la de los episodios polémicos, a saber, la acusación de abusos a su hija Dylan por su expareja Mia Farrow y su relación con Soon-Yi Previn, con un desquite más abrupto para ser tajante en su versión.

El libro que nadie quería

  • Cuatro editoriales rechazaron entre 2018 y 2019 la publicación de ‘A propósito de nada’, según The New York Times. A raíz del movimiento ‘Me Too’, la acusación de abusos a su hija Dylan cuando esta tenía siete años, que nunca ha pasado por los tribunales, se reactivó y todos temían la publicidad negativa. Grand Central Publishing, del Grupo Hachette, se agenció el lanzamiento, pero se retractó en marzo de este año. Finalmente, Arcade Publishing publicó el libro en Estados Unidos. En España lo ha hecho Alianza editorial.

En la parcela de la que sí quiere escribir, habla de sus padres, que se quisieron “a su manera”, que eran ajenos del todo a la cultura y “cariñosos”. Él “llevaba una pistola encima hasta el día que murió”; ella, creyente y “practicante”, le golpeaba “una vez al día”. El director odiaba el colegio, se refugiaba en los museos cuando hacía novillos y vio por su cuenta su primera obra de Broadway a los 17 años. No se explaya mucho con su hermana, aunque con el tiempo adquiriera un papel importante en su carrera. Tampoco con la religión –es, como saben, judío–, a pesar de dedicarle unas líneas a su bar mitzvah. Antes que cineasta, aspiraba a ser mago o cómico o detective o vaquero o músico.

Comenzó haciendo trucos en el barrio y después se inclinó por contar chistes y escribirlos para otros; hizo un curso de guionista y de ahí, al teatro y al cine. Le encantaba Bob Hope. Allen admite que no tenía ni idea cuando se lanzó en brazos del celuloide, ni siquiera sabía manejar una cámara, y se avergüenza de su primer intento serio de guion, ¿Qué hay de nuevo, Pussycat? (1965), pero hace hincapié en que siempre, siempre trabajó duro. Aprendió con el montador Ralph Rosenblum y el director de fotografía Gordon Willis. Repite constantemente que sus trabajos no han sido muy rentables y se quita mérito, pincha el globo. Parece gritar: “No me miréis”.

“A los actores les encantan los planos largos, a mí me gusta rodar, irme a casa y ver un partido de baloncesto”

Al cineasta, que exige control total en sus proyectos, no le gusta ensayar las escenas de sus películas y no toma planos desde distintos ángulos. “A los actores les encantan los planos largos“, comenta, “a mí me gusta rodar, irme a casa y ver un partido de baloncesto”. Tampoco recoge premios, salvo excepciones, como el Príncipe de Asturias de las Artes (2002). Al final, la experiencia le agradó, por Oviedo y porque pudo comer con uno de sus ídolos, el escritor Arthur Miller (Muerte de un viajante), que le confirmó, revela, que “en efecto, la vida carecía de sentido”. Su otro tótem es Tennessee Williams (Un tranvía llamado deseo). ¿Se ha mencionado aquí ya a Bob Hope?

Woody Allen fue amigo de Groucho Marx, ha conocido a Sidney Lumet, Mel Brooks y Nina Simone. Dio a leer el borrador de El dormilón (1973) a Isaac Asimov y “le encantó”. Dirigió Annie Hall y Manhattan –que no le convencieron mucho– y ha ganado cuatro premios Óscar. Vivió durante años en un ático en la ciudad de la que le cuesta salir, Nueva York, y solía cenar a diario en Elaine’s, muchas veces con su amiga del alma –hasta que una demanda se interpuso entre ellos–Jean Doumanian. Sin embargo, asegura que su logro “más satisfactorio” ha sido “haber podido liberar a Soon-Yi –su esposa, hija adoptiva de Farrow, 35 años menor– de una situación terrible”.

Señala a Farrow, a la que alaba como actriz, como una mujer inestable y vengativa que usó a Dylan como arma

Así, el terreno pantanoso está presente. El cineasta manifiesta su deseo de que el lector no esté ahí por eso, por el morbo, y queda la duda de si ha escrito estas memorias solo para defenderse. La impresión es que no, ya que, realmente, no aporta novedades al respecto: señala a Farrow, a la que alaba como actriz, como una mujer inestable y vengativa que usó a, Dylan, menor –ya con voz propia–, como arma. Hace balance de detractores, esquivos y apoyos. Con su esposa, con la que adoptó dos niñas, se deshace en halagos, aunque admite que tiene carácter –”Me veía como un cabeza hueca”–. Su romance comenzó cuando rodaba Maridos y Mujeres (1992), una cinta que hizo “sin respetar las reglas de la realización cinematográfica”. Vaya metáfora.

“No he sufrido jamás el bloqueo del escritor”, declara Allen, palabras probablemente pronunciadas en voz alta ante su Olympia portátil. Queda claro en A propósito de nada, donde hay humor, caos, verborrea y poca política. También imágenes hilarantes en las que se mezclan Ernest Hemingway y Leni Riefenstahl y declaraciones de amor a Cole Porter -con el lógico y consecuente ‘qué mal toco el clarinete’- y Diane Keaton, musa, excompañera, amiga y consejera. Al final, el director está convencido de que lo suyo ha sido solo suerte.



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