Víctor Lapuente: “En un mundo tremendamente narcisista, han progresado los políticos muy narcisistas”


Busca al enemigo dentro de ti; no te mires al espejo; agradece; ama a un dios por encima de todas las cosas; no adores a falsos dioses; da a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César; cultiva las siete virtudes capitales; ponte en la cabeza de tu adversario; no te sientas víctima; y abraza la incertidumbre. Es el Decálogo del Buen Ciudadano. Cómo ser mejores personas en un mundo narcisista (Península) de Víctor Lapuente Giné (Chalamera, 1976), catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Gotemburgo, que propone una ética para el siglo XXI que combata el individualismo y narcisismo que han suplantado al tradicional Dios de la derecha y la patria de la izquierda.

¿La estructuración en un decálogo favorece la propia sistematización del lector?

Empecé a pensar estas cosas y vi que hay un montón de libros sobre cómo ser feliz y muy pocas sobre cómo ser buena persona. Creía que tenía que haber una réplica quizás como de “autodestrucción”, con la idea de cómo ser mejores ciudadanos. Como el libro, además, trata temas bastante profundos y filosóficamente duros, afronto temas como la trascendencia y discusiones más profundas. Por eso la mejor manera sería de forma más sencilla, con el decálogo, y porque el mundo académico tenemos mucha digresión teórica y poca práctica.

¿Tiene algo que ver con la deconstrucción del pensamiento para luego edificar una buena persona?

¡Ostras, me parece la mejor metáfora que he oído en mucho tiempo! Me siento demasiado halagado, pero un poco sí. Hay que destruirse un poco para volver a construirse, y eso exige un esfuerzo a nivel individual y colectivo. Cuando hablamos de transformar la sociedad, hay que cambiar cosas y aceptar ciertos costes. Básicamente, el mensaje habitual de la política es que hemos olvidado esa segunda parte: la de los costes, solo miramos los beneficios. Los políticos hablan de derechos y pobre del que pida sacrificios. No podemos expandir los derechos si no expandimos los sacrificios y deberes. Puede haber programas ideológicos de izquierdas o de derechas que funcionan muy bien, pero como mínimo que sean equilibrados. Nos están diciendo todo el día lo fantásticos que somos y las cosas extraordinarias que podemos hacer. El libro es una reivindicación de lo ordinario.

Una ética para el siglo XXI. ¿Esa confluencia del relativismo, el consumismo, el nihilismo y el hedonismo en el pasotismo demanda una redefinición de los valores?

Tiempos como la pandemia son momentos y oportunidades para replantearse qué hacemos en este mundo y volver a conectar con la comunidad, con lo que llamo lo trascendente.

También hay como las descripciones de la caída del Imperio Romano, en los que, en lugar de reencontrarse, fueron estirando ese pasotismo durante siglos y aumentando la ambición, la lujuria y otros vicios en lugar de recomunicar con la comunidad. Existe este peligro.

Uno de los conceptos que recorren todo el decálogo es la trascendencia: ¿es el tesoro perdido en el arca de la modernidad?

Yo creo que sí, que el Decálogo o la solución para los problemas de este mundo pasan por resolver la falta de valores trascendentales. Estamos entregados a nuestros placeres cotidianos más nimios, más pequeños, y hemos olvidado el valor de lo colectivo. Sobre las formas que adopte esa trascendencia sí soy muy liberal o agnóstico, y muchas son posibles. Las más religiosas, el medio ambiente o la Pachamama. Hay muchas maneras de buscar la trascendencia, pero vivimos el mundo tan absolutamente narcisista que nos miramos al espejo en lugar de a los demás. Pero, al mismo tiempo, digo que hay que tener mucho cuidado porque las apelaciones a la trascendencia pueden ser aprovechadas de manera oportunista por parte de “emprendedores”, ya sean fundamentalistas religiosos o fundamentalistas políticos como los populistas. Por eso hago esa distinción entre Dios y la superstición, entre la buena trascendencia y las querencias partidistas y cortoplacistas.

Recuerda en El Gobierno de los Parias la máxima de Platón de que el precio de desentenderse de la política es el de ser gobernados por los peores hombres. ¿Es un espejo del presente?

Quizás no estamos gobernados por los mejores, pero pienso que el problema es más nuestro que de los políticos, que son un reflejo de nosotros. En un mundo tremendamente narcisista, han progresado los políticos muy narcisistas. De hecho, hay estudios de muchos tipo Trump que son narcisistas. Aun así, hay buenos políticos tanto en la izquierda como la derecha, y me gusta destacar a Angela Merkel, que ha sido muy criticada, se le ha machacado en Alemania, pero es una persona que, de nuevo, por sus principios y convicciones que tienen que ver con su educación y valores religiosos adquiridos, es una persona que no se deja llevar como una veleta por la última marea que recorre la opinión pública, sino que se mantiene firme en cuestiones tan absolutamente críticas como podrían haber sido la crisis de los refugiados o la de Grecia o del euro. Se necesita mucho valor para hacer eso. Y en las vacunas vuelve a demostrar esa valentía y tendríamos que valorarla y ponerla más en relieve. A veces, destacamos los fallos en los políticos y no las cosas buenas que hay. Es un ejemplo de buen hacer, un referente en un momento de tendencias populistas de izquierdas y derechas. Un tiempo en el que curiosamente los dos líderes progresistas más influyentes del mundo son católicos y llevan rosario en el bolsillo los dos, Joe Biden y el Papa Francisco. Podríamos incorporar a Angela Merkel. Y esto nos demuestra que la veteranía es un grado, en una sociedad en la que se jubilan cada vez más tarde los futbolistas y antes los políticos.

La derecha ha matado a Dios y la izquierda a la patria desatando al Narciso que llevamos dentro. A diestra y siniestra, ¿perdemos nuestra esencialidad y nuestro propósito?

Hemos perdido y debemos recuperar el propósito en cuestiones materiales e inmateriales. Deberíamos acudir a las enseñanzas de los estoicos: qué hago aquí en este mundo, el martillo es el que clava bien los clavos. Es algo experimental, hay que probar varias cosas hasta que encuentras algo y no sabes bien por qué. Lo mío es ayudar a las personas: hay que buscar el propósito que nos trascienda y vaya más allá de nuestra realización personal. Es como la cinta de correr a la que hago referencias, que a veces queremos tener mil seguidores en RRSS y luego diez mil, y tener equis euros en la cuenta corriente. Son objetivos que acaban con nosotros porque no van a ningún sitio.

Incide en que, además de estar orgullosos de la prosperidad a través de la economía de mercado y del Estado de Bienestar, hemos de ser conscientes de los peligros del individualismo disgregador que conduce a una tribalización.

Son dos problemas paralelos. El individualismo extremo incluye a la gente de la izquierda y de derechas. El individualismo económico de derechas se refleja en muchos empresarios que creen que no haya que pagar un salario mínimo, sino el del mercado, y si dice que son 600 o 400 euros uno de prácticas que trabaja jornada completa, no puede vivir. Eso lleva a una sociedad más pobre y peor. Ese liberalismo económico acarrea unos costes tremendos. Y el individualismo cultural de la izquierda también los tiene, porque quedamos en que yo soy yo y tú eres Javier y no debemos nada a Huesca ni al Alto Aragón, y somos ciudadanos del mundo. Y eso también tiene costes disgregadores.

Con la metáfora del garrote y la cruz como las dos caras de la humanidad, abunda en la dicotomía de las dos formas opuestas de organizarnos: el dominio y el prestigio. ¿De cuál estamos más cerca?

Es una lucha cortical entre las dos. En todo el mundo el garrote está subiendo en niveles autoritarios que son más fuertes y la democracia un poco más débil estos últimos cuatro o cinco años. Ya veremos, porque los garrotes ganan, pero ni China ni Rusia han sido capaces de recrear un modelo de sociedad alternativo que pueda ser útil a millones de personas en el resto del planeta. Diría que están en tablas.

¿Cuáles son los falsos dioses a los que tenemos la tentación de adorar?

Los fundamentalismos religiosos, tanto los cristianos como los yihadismos, y luego el nacionalpopulismo de izquierdas y de derechas. Unos te venden que tu Dios es superior a otros dioses que hay que destruir y los otros que eres más importante dependiendo de las fronteras y llaman atraidores a los que no llevan su bandera en la solapa.

Curiosamente, personifica las siete virtudes tradicionales en Gandhi (la justicia), Anna Frank (el coraje), Franklin (la prudencia), Austen (la templanza), San Pedro (la fe), Luther King (la esperanza y Emma Goldman (el amor). ¿No encontró paradigmas en el hoy?

Ha habido varias personas que han hecho análisis muy parecidos. Me inspiro mucho en McCloskey, y algunas de estas son por sus comparaciones. Al principio tenía referencias a Francisco, no a Biden porque era candidato, y a Ángela Merkel, pero en el último momento decidía sacarlos. También hablaba de Greta Thunberg. Pensé que distraerían y daría una muestra de partidismo, y que era mejor buscar referencias atemporales y poco discutidas. Ya las ideas del libro son suficientemente polémicas como si además le añado etiquetas, hubiera hecho más complicado el libro. Es una cuestión estratégica.

¿Cómo convencernos de que todo lo que tenemos es un préstamo de la Fortuna, de Dios, de la Providencia o del Destino?

Con la pandemia nos hemos dado cuenta de que existe la mortalidad y de la debilidad. Se ha dado cuenta mucha gente. Hay una reflexión interesante de cómo los ricos americanos están cambiando la percepción del dinero. Se ha producido un cambio. Necesitamos más educación y más referentes. Habría que añadir más filosofía para la vida. Sería muy importante enseñar una visión del diferente.

Explica en el libro el uso del lenguaje que, en el caso de los populismos, exige vulgaridad. ¿Es una de las armas más peligrosas para la democracia?

Gente muy brillante y anterior a mí como Orwell lo dejaba claro. El lenguaje es fundamental. Se ha abusado del lenguaje porque es capaz de estimular emociones y en los últimos años hemos visto el espacio público invadido por las emociones, por un lenguaje adjetivado en vez de uno más sobrio, más basado en sustantivos, que es el que debiera dominar en la política.

Otra de las dualidades cuyo enfrentamiento niega es el de la confrontación entre la religión y la ciencia. La historia del pensamiento nos aporta importantes argumentos en tal sentido.

Esta visión de determinado progresismo exagerado viene por la mala interpretación de los ilustrados y de la Revolución francesa, que todo empieza con la Ilustración, cuando es el final de una trayectoria intelectual que se extiende durante muchos años y tiene lugar, entre otros, en monasterios religiosos. Creo que es controvertido, pero empieza a haber una evidencia bastante abrumadora señalando que hubo muchos excesos con el cristianismo y la jerarquía católica, pero no podemos despegar la ciencia moderna de la historia del pensamiento religioso. Son dos cosas distintas: buscar un sentido de la vida es una cosa y la ciencia es otra. Son comparables. No son antitéticos, quitando los fanatismos religiosos.

Asegura que, cuanto más ateos nos hacemos, más mesiánica se vuelve nuestra política con nefastas consecuencias para la convivencia.

Ya decía Tocqueville que los sistemas políticos pueden vivir sin la religión, pero la democracia no puede vivir sin una religión. Puede ser tradicional o no, pero hay que compartir algo trascendente. Todos somos responsables de lo que ocurra, de cumplir las leyes. Yo reivindico esa idea.

Y reivindica la perspectiva de los llamados fontaneros para la política. Los llama los grandes chamanes para bajar al terreno las grandes declaraciones. ¿Pero no son en ocasiones trituradoras de enemigos internos y externos?

Más que fontaneros, yo a esos los denominaría los de las cloacas. Distinguiría. Los fontaneros intentan ver qué política funciona mejor, y los trabajadores de las cloacas intentan la política en los desagües de todo tipo de excrecencias varias para tratar de ganar siempre.

¿Cosmopolitismo y solidaridad son dos espadas de Damocles sobre las élites progresistas?

Las élites progresistas se han desconectado un poco de los ciudadanos en el sentido de que demandan políticas tradicionales de izquierdas, más de distribución de la riqueza y menos de políticas ideales y cosmopolitas. Las élites han ido más por las cosmopolitas y no tanto por las redistributivas. Y ese es el problema de las élites progresistas.

Para evitar que nuestras sociedades desciendan por el camino del autoritarismo, nuestros dirigentes tienen que practicar dos preceptos morales básicos: Tolerancia y autocontención. ¿La regla de Levitsky y Ziblatt se tambalea en la práctica?

Como mínimo, son los frenos más sensatos que conozco. Y me parecen interesantes porque enlazan bastante con las ideas del decálogo. Son unos frenos morales y no tanto institucionales que impliquen que haya que cambiar unas leyes. Me parece bastante llamativo que se redescubre la importancia del cambio moral en los corazones para cambiar la sociedad, y no al revés.

El problema de este tiempo no es la falta de información ni de educación, sino de moral y de gente que se juegue la piel. ¿La zona de confort es nadar en la superficialidad?

A veces, porque pensamos que somos tan importantes, nos cuesta mucho jugarnos la piel. Le damos una importancia relativa si no depende de nosotros. Mucha gente tiene mucho miedo y los políticos utilizan sistemas para que la gente no se juegue la piel, que hagan lo que hagan mantengan sus puestos de trabajo, un control económico… Es una sociedad en que hay trabajadores privilegiados y estratos de personas que protegen su nicho y viven con tranquilidad mientras el resto sufre por las penurias y los vaivenes políticos.

¿Por qué la desigualdad sigue formando parte del discurso público de una manera creciente? ¿Es un consuelo para quitarnos responsabilidad ante lo que proclamamos inevitable?

Hay un exceso de discurso público y hay un defecto de discurso privado y de acción privada. Porque seguimos pagando si podemos 400 euros a esos jóvenes de prácticas que trabajan 40 horas de más, y reclamamos al estado que haya redistribución y bla, bla, bla.

¿La responsabilidad individual es el gran soporte de la responsabilidad social?

Se han contrapuesto ambas y no es así. Individualismo a un lado y socialismo y comunismo al otro, pero no puedes tener una sociedad sin individuos fuertes y responsables.

Abraza la incertidumbre es su consejo final: ¿Es una invitación a vivir dentro de nuestro espacio de coherencia?

Es una invitación a concentrarnos en aquello que podemos controlar. Los estoicos dividían el mundo en la categoría A y la B, siendo la A la que podemos controlar con nuestra mente, si sentimos ira, nuestras pasiones, emociones, el esfuerzo que podemos poner en una tarea. Hay que poner el máximo esfuerzo por ejemplo en esta charla con un periodista o con un escritor y no preocuparnos de lo que no podemos controlar, como la salud, el dinero y el amor, que están muy bien, pero no podemos controlar totalmente. Eso nos hace más libres.

Si tuviera que resumir en una frase al buen ciudadano, ¿cuál sería la formulación?

Aquella persona que cultiva conscientemente las siete virtudes capitales. Ser autoconsciente y autoexaminarte, que es lo más importante. Luego, ya veremos lo que podemos mejorar.



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